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Faro de Vigo

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Una plegaria por Leópolis

Peligra uno de los conjuntos monumentales de la humanidad

Cuando en 2001 el régimen talibán decidió destruir los budas gigantes del valle de Bamiyán, en Afganistán, que tenían más de 1500 años de antigüedad, el mundo reaccionó indignado ante aquel crimen contra la cultura de la humanidad. No fue el único perpetrado por los radicales islámicos. Posteriormente, verdaderos tesoros artísticos fueron destruidos en el museo de Mosul y en la ciudad de Palmira, siguiendo una antigua tradición de orígenes religiosos que se remonta a la antigüedad, con episodios de destrucción de bienes culturales cometidos también por las religiones cristiana y judía.

Además de motivos religiosos e ideológicos, la destrucción de bienes culturales a lo largo de la historia ha sido consecuencia de las guerras que han asolado el mundo. En lo que llevamos de guerra en Ucrania, conmocionados por las imágenes de muerte y destrucción que nos llegan a diario, aún no ha habido tiempo para evaluar las pérdidas sufridas en el mundo de la cultura en los territorios bombardeados por el ejército ruso. Monumentos, iglesias, edificios de valor arquitectónico, museos y bibliotecas habrán sufrido inevitablemente pérdidas irrecuperables para las ciudades arrasadas durante esta guerra. Y lo más grave es que podemos estar en vísperas de uno de los crímenes más trágicos de la historia contra el arte y la cultura de la humanidad.

En el momento en que escribo estas líneas, Rusia había comenzado a bombardear con misiles Kalibr los alrededores de Leópolis, las “tierras sangrientas”, como fueron bautizadas después de los actos de terror llevados a cabo en estos mismos parajes por Hitler y Stalin, y amenazan con acercarse cada vez más al centro de la ciudad. Leópolis alberga el mayor número de monumentos de toda Ucrania; más de la mitad de todos los del país están aquí, y su centro histórico ha sido reconocido por la Unesco como patrimonio cultural de la humanidad. La historia convulsa de Leópolis ha proporcionado a la ciudad un legado cultural cosmopolita que se ha ido enriqueciendo con el paso de los siglos. Sede de numerosos teatros y museos, la ciudad alberga desde las iglesias de San Bernardo y la Asunción, las de las santas Olga e Isabel, las catedrales de San Jorge y de los Dominicos, el palacio de Pototski, el Teatro de la Ópera... hasta una Plaza del Mercado del siglo XIV. Sus habitantes han comenzado a proteger con sacos terreros y fundas las esculturas que embellecen sus calles, como la del poeta romántico Adam Bernard Mickiewicz, el monumento a Ivan Fyodorov (que imprimió el primer libro ruso en Moscú y murió como refugiado en Leópolis), las esculturas de la plaza Mayor de Ploshcha Rynok y los monumentos funerarios del cementerio de Lychakivske.

En el barrio de Prospekt Svobody se conservan como verdaderos milagros artísticos vestigios barrocos, góticos y renacentistas. Leópolis es aún un gran centro cultural, heredado de la época del imperio austrohúngaro, cuando albergaba las únicas editoriales que publicaban en lengua ucraniana, reprimida entonces por los rusos. Desarrolla una bulliciosa actividad intelectual en foros y cafés y mantiene una rica producción artística y editorial. Alberga además una de las universidades de más prestigio en el mundo del Derecho. Fue allí donde estudiaron Hers Lauterpacht y Rafael Lemkin, creadores de los conceptos de crímenes contra la humanidad y de genocidio, términos que consiguieron introducir en los juicios de Núremberg, una odisea narrada magistralmente por Philippe Sands en “Calle Este-Oeste”. Tal vez haya llegado el momento de crear un nuevo concepto de crímenes contra la cultura.

La leyenda de la ciudad sin nombre

Leópolis, situada en el mismo centro geográfico de Europa, es el nombre latino con el que en Occidente se conoció a esta ciudad por haber sido fundada en honor a Leon I de Galitzia por su padre, el rey Daniel, entre 1231 y 1235. Sin embargo tal vez sea el menos adecuado para una ciudad que a lo largo de la historia cambió su denominación según la potencia a la que iba perteneciendo en cada momento. En el siglo XIX, situada en la frontera oriental del imperio austrohúngaro, se la conocía como Lemberg. Después de la Gran Guerra los ucranianos la transformaron en la capital de un nuevo país llamando República Popular de Ucrania Occidental, que duró solo unas semanas, tras las que el control del territorio pasó a manos de los polacos, que anexionaron la ciudad a su país con el nombre de Lwów. Al principio de la Segunda Guerra Mundial, tras el pacto Molotov-Ribbentrop, fue ocupada por los rusos, que la bautizaron Lvov. Los alemanes le devolvieron el nombre de Lemberg cuando, roto el pacto entre nazis y soviéticos, invadieron Polonia y convirtieron la ciudad en la capital de la Galitzia de su Gobierno General. Aquí instauraron un gueto en el que murieron miles de judíos y desde donde se llevaron a cabo deportaciones masivas hacia los campos de exterminio. Tras la derrota de los nazis por el ejército rojo, los acuerdos de Yalta decidieron que la ciudad pasase a formar parte de Ucrania con el nombre de Lviv, que es con el que se la conoce internacionalmente en la actualidad.

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