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Faro de Vigo

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Joaquín Rábago.

Mantener la cabeza fría aunque nos cueste

Es difícil, muy difícil mantener la cabeza fría cuando estamos bombardeados a todas horas desde la televisión con las imágenes de la destrucción de un país y el dolor incesante de quienes lo habitan.

La que llaman todos “la guerra de Putin” se ha convertido entre nosotros en un espectáculo casi del género “gore”, un terrible “reality show” al que resulta imposible resistirse.

Pero no deberíamos, por difícil que resulte, dejar llevarnos exclusivamente por nuestras emociones, que obnubilan tantas veces nuestra capacidad de reflexión y nos impiden hacernos algunas preguntas.

Y la principal pregunta es la de qué llevó a Rusia a violar brutalmente el derecho internacional invadiendo a su vecino, al que, con argumentos más que cuestionables, considera además “hermano”.

Si nos fijamos en un mapa europeo que muestre los países que hoy pertenecen a la Alianza Atlántica, veremos que prácticamente representan un cerco a Rusia.

La OTAN asegura que es una alianza meramente defensiva, algo contradicho, por cierto, por la guerra contra la Yugoslavia de Slobodan Milosevic, pero Rusia se niega a verla como tal.

Basta hacer un simple ejercicio mental y pensar qué pasaría si, por ejemplo, Rusia decidiese de común acuerdo con México instalar misiles en ese país fronterizo con EE UU.

¿No reaccionaría en ese caso Washington como lo hizo en su día cuando la URSS intentó eso mismo en la Cuba de Castro después de que la OTAN instalase misiles nucleares en su aliada Turquía, algo que, por cierto, se ocultó durante algún tiempo a la opinión pública?

La OTAN, es decir, Estados Unidos, sostiene que Ucrania tiene pleno derecho a pertenecer a la alianza que le venga en gana, pero ya importantes diplomáticos, entre ellos George Kennan, el estratega de contención de la URSS durante la Guerra Fría, advirtieron de que la ampliación de la OTAN iba a generar un día tensiones y peligro de un nuevo conflicto.

Pero la industria armamentista de Estados Unidos, el complejo militar industrial de que habló el presidente Eisenhower, que financia por igual a legisladores republicanos y demócratas, no podía contentarse con la desaparición de los bloques militares porque ¿a quién iba a vender su cada vez más sofisticado armamento?

Se amplió pues la OTAN, contrariamente a lo verbalmente prometido por los líderes occidentales, incluidos los presidentes de EE UU, al último presidente de la URSS, primero, y luego al primero de la nueva Federación Rusa.

Y el Kremlin no tuvo más remedio que aceptarlo hasta que EE UU, desoyendo a Kennan, al exembajador en Moscú y hoy director de la CIA, William Burns, y a gobiernos europeos como los de París y Berlín, decidió abrir las puestas de la Alianza a las exsoviéticas Georgia y Ucrania.

Fue entonces cuando Moscú , que venía reclamando obsesivamente la neutralidad de Ucrania, dijo “basta” y decidió anexionarse Crimea, donde está el puerto con su flota del Mar Negro, además de alentar el separatismo de dos provincias prorrusas de Ucrania: Luhansk y Donetsk.

Se intentó entonces llegar a una solución netamente europea para Ucrania con los llamados “acuerdos de Minsk”, pacientemente negociados por rusos, ucranianos, franceses y alemanes en la capital bielorrusa.

Acuerdos que garantizaban, entre otras cosas, un alto el fuego inmediato, la retirada de todos los mercenarios, la creación de una zona desmilitarizada, la prohibición de los vuelos de aviones de combate sobre la zona de seguridad, además de la realización de elecciones locales en las regiones prorrusas.

Por las razones que sea –cada parte culpa de ello a la otra–, y también por el fracaso de la diplomacia europea, que tal vez no ejerció suficiente presión, los acuerdos no se cumplieron, y el pasado febrero, EE UU y la OTAN declararon un paquete de sanciones contra Rusia, inicio de una espiral sancionadora que ha continuado hasta este momento.

La pregunta que habría que hacerse hoy, tras el sacrificio de centenares de militares y civiles ucranianos y soldados rusos y la destrucción de tantas ciudades y existencias, es si no habría podido evitarse todo ello ofreciendo las garantías de seguridad que demandaba Rusia, en especial la neutralidad de la ex soviética Ucrania.

Una neutralidad que parece ahora aceptar el propio presidente ucraniano, quien reconoció públicamente hace unos días ante sus conciudadanos que su país debía resignarse a no entrar en la Alianza Atlántica.

Cuando esta pesadilla acabe, y esperemos que sea cuanto antes, habrá que preguntarse, como después de cualquier guerra, si tanta destrucción, tanta muerte y tanto dolor, habrán valido la pena.

Los líderes afortunadamente no son eternos y las sociedades, hasta la rusa, siempre evolucionan, sobre todo si les deja abrirse al resto del mundo. ¿No lo hizo la propia Unión Soviética de la “glasnost” y la “perestroika”, que tanto fascinaron en su día a los occidentales?

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