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Ánxel Vence.

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Sánchez y el presidente Pazos

El que gasta patente de gallego es Feijoo, pero el verdadero maestro en esa difícil técnica se llama Pedro Sánchez, por más que naciese en Madrid. Los gallegos, como los de Bilbao, nacen donde les da la gana; y la verdadera esencia de la galleguidad no reside en ser ambiguo, sino en decir una cosa y la contraria con la necesaria desenvoltura para que nadie se entere.

Ahí es donde Sánchez lo borda. Solo en el último mes ha afirmado que España no enviaría armas a Ucrania: para cambiar de opinión apenas veinticuatro horas después. Tardó algo más –unos diecisiete días– en sostener que España mantendría su tradicional posición sobre el Sahara y, a continuación, pasar a la defensa de las tesis de Marruecos sobre este largo y delicado conflicto. Pensamiento evolutivo, se llama.

Admitamos que su predecesor en esta tendencia fue José Luis (R.) Zapatero, que era de León y podía justificar por razones de proximidad geográfica su adscripción a la política de estilo galaico. Zapatero pasó de regalar cheques al personal durante años a quitarles dinero de sus nóminas a los trabajadores públicos y a los jubilados, aunque la gente le pilló el truco hasta hacerle perder su empleo en La Moncloa.

Tanto el leonés como el madrileño se inspiraron, aparentemente, en aquel inolvidable personaje del contrabandista Pazos que interpretaba Manuel Manquiña en Airbag. A él le corresponde la famosa sentencia: “Lo mismo que te digo una cosa, te digo la otra” que ahora mismo sirve de lema a la acción del Gobierno de Sánchez.

"Lo hacía mucho mejor Mariano Rajoy, que llegó al Gobierno bajo la promesa de bajar impuestos y, naturalmente, tardó poco más de una semana en subirlos"

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Si acaso, pudiera faltarle al presidente Pazos/Sánchez algo de sutileza para que esos bandazos pasen inadvertidos al público. Lo hacía mucho mejor Mariano Rajoy, que llegó al Gobierno bajo la promesa de bajar impuestos y, naturalmente, tardó poco más de una semana en subirlos. A su favor jugaba la experiencia y, sobre todo, la capacidad de explicar en su peculiar jerga que no tomar una decisión es también una decisión; y por tanto no había contradicción alguna en muchas de las que adoptaba (o no).

Sánchez carece de esa enrevesada dialéctica, lo que hace que se le note más de lo conveniente que va cambiando de idea según el día y la hora. No se trata de una actitud necesariamente mala, en la medida que los principios de un buen gobernante han de ser flexibles para mejor adaptarse a los acontecimientos.

La Historia de España abunda en ejemplos a este propósito desde que el Conde de Romanones aprobó una propuesta que “jamás” aprobaría, según había dicho 24 horas antes. “Cuando digo jamás”, aclaró, “quiero decir por ahora”.

Tampoco se trata de un hábito exclusivo de los españoles. Churchill, por ejemplo, sostenía que un político puede ser capaz de predecir lo que va a ocurrir mañana o el año que viene; y a la vez explicar después por qué no sucedió lo que él había dicho que iba a suceder. Bien es verdad que meter a Churchill y a Sánchez en una misma frase parece algo abusivo; pero todo sea por facilitar la comprensión del personaje.

Quienes no entienden al actual jefe del Gobierno le acusan de carecer de principio alguno y de guiarse únicamente por los del azar y la ocurrencia. No es eso. Simplemente, Sánchez se corrige constantemente a sí mismo en un elogiable ejercicio de humildad; y, a fuerza de discreto, ni siquiera informa de tales cambios de opinión a sus socios del Consejo de ministros. A ver cómo supera eso Feijoo.

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