La globalización genera beneficios económicos indudables. Pero también plantea riesgos y problemas. La gran crisis financiera que arranca en 2007, la pandemia y la invasión de Ucrania son tres episodios que demuestran las debilidades intrínsecas del proceso. Porque la globalización nos hace interdependientes y, por ello, exige estructuras de gobernanza mundial, altas dosis de cooperación supranacional y renuncia a soberanía plena, cuando es preciso. Si no lo entendemos así, me temo que estaremos condenados a vivir un siglo muy agitado y no para bien.

El punto de partida para abordar cuáles serán las consecuencias económicas de la invasión para la economía gallega es el reconocimiento de que es imposible saberlo con precisión. Al igual que con la pandemia en 2020, es obligado trabajar con escenarios más o menos pesimistas.

El segundo elemento que debemos tener presente es que la crisis actual es de naturaleza diferente. Hace dos años, el reto estuvo en la demanda y en las restricciones al consumo para evitar la extensión del virus. Ahora el problema está en un colapso parcial en energía primaria, suministros y materias primas que se está contagiando a toda velocidad a través de las cadenas productivas y está percutiendo sobre la inflación general. Esa diferencia explica por qué las empresas y ramas más impactadas hasta el momento son muy diferentes a las que sufrieron el choque del COVID-19 en el primer semestre de 2020. El sector conservero o la construcción son paradigmáticos de esta incidencia dual.

Un tercer elemento es que los objetivos y herramientas a utilizar no son las mismas. Entre otras cosas, ahora hay que concentrarse en repartir de forma justa y razonable el coste del empobrecimiento general que supone la subida de precios evitando una espiral inflacionista: los ganaderos y agricultores no pueden producir a pérdida o las empresas de la construcción no pueden trabajar con los concursos y presupuestos de hace apenas un mes; hay que revisar el procedimiento de fijación de precios en el mercado de la electricidad, que no está pensando para afrontar un choque del alta intensidad sobre el precio del gas; toca pensar en una reducción transitoria y puntual de la tributación especial sobre hidrocarburos; o prepararse para la activación de una serie de ERTEs industriales que, confiemos, sean de corta duración.

Es evidente que el resultado final va a depender de la duración de la guerra y del impacto que la misma vaya a tener sobre las relaciones internacionales. Y ese es el factor principal para los escenarios que, en estos momentos, estamos elaborando en el Foro Económico de Galicia.

Confiemos en que seamos capaces de amortiguar el golpe pensando en un escenario de conflictos y sanciones que puede durar meses. Y confiemos también en que Putin y Rusia se den cuenta pronto de que esta invasión es un disparate para sus propios intereses. Lo que queda al Oeste de sus fronteras es un espacio que hace mucho tiempo optó por la paz, la cooperación y el comercio mutuamente beneficioso; Europa es un socio y no un enemigo. Sin duda, debería preocuparse más por lo que tiene en el Este.

*Director de (UVigo) y del Foro Económico de Galicia