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Faro de Vigo

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María, Sonia y Carmen

Pedazos del pasado

Es bien sabido que la mujer y la ciencia no suelen ir de la mano en el imaginario colectivo. Las grandes referentes y sus contribuciones quedan relegadas a un segundo plano y no es de extrañar si a lo largo de nuestra experiencia educativa no son nombradas ni reconocidas como merecen; pero más allá de esa injusticia del mérito olvidado a la sombra de la predominancia masculina (que por cierto se ha bautizado como Efecto Matilda en honor a la primera activista en denunciarlo, Matilda Joslyn Gage) es interesante pararnos a analizar por qué sigue costando tanto visualizar a una mujer en el ámbito científico. Asociamos el científico al ingenio, al poder, la autoridad, la determinación, la ambición… Y no deja de ser un arma de doble filo. En primer lugar porque son cualidades que de forma hegemónica no se han asociado a las mujeres ni a cómo debían ser: sumisas, frágiles, dóciles, recatadas, tímidas, emocionales y, en definitiva, muy distantes de lo que la actividad científica representa si nos quedamos con lo que nos han vendido.

CARMEN VEGA María Díaz Urbano, Sonia Coves y Carmen Vega, investigadoras predectorales

Pero esta representación del trabajo científico resulta doblemente peligrosa cuando nos hace creer que únicamente puedes optar a un puesto en ciencia cuando a tus espaldas guardas décadas de sacrificio bajo una trayectoria impecable que resultan ser las responsables en última instancia de tus grandes hazañas. Solo si eres brillante tienes derecho a estar aquí. Por si ser mujer científica no era suficientemente subversivo, además tienes que demostrar que eres la mejor y, como tal, mereces estar donde estás o se pondrá en tela de juicio la forma en que llegaste.

Aquí entra en juego la trampa de la meritocracia: si no hay mujeres sobresalientes es porque no serán tan buenas en sus trabajos. La realidad es que la incorporación de la mujer al mercado laboral sigue siendo reciente, y como tal existe una tendencia a la ocupación de puestos históricamente desempeñados por mujeres como son los trabajos domésticos, la enseñanza o los cuidados. Trabajos más precarizados y por lo general con menor opción de ascenso. La franja de edad en que una mujer podría quedarse embarazada también ha sido motivo de discriminación en muchos sectores y la tendencia a asumir los trabajos de cuidado de los hijos por parte de ellas sigue siendo motivo de disputa.

Si bien es cierto que las mujeres hemos de sortear más baches para llegar al mismo sitio, los datos auguran que algo está cambiando. En la Misión Biológica de Galicia, al igual que en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, contamos con una mayoría femenina en la plantilla ocupando puestos de la más diversa índole; y cada vez son más los laboratorios que dejan en evidencia esas ideas rancias del siglo pasado que cuestionan a la mujer y sus capacidades por el mero hecho de serlo. Ojalá llegue el día en que no tengamos que poner en valor nuestra presencia en ningún ámbito laboral porque todos nos pertenezcan por igual. En que podamos hablar de referentes femeninos sin que ello suponga un acto de reivindicación. Solo entonces podremos decir que finalmente hemos conseguido hacer de ese techo de cristal pedazos del pasado.

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