El hecho de que la reforma haya sido pactada por sindicatos y empresarios y avalada por formaciones políticas de distinto signo ideológico es algo muy valioso e importante. En un escenario de elevada fragmentación política, necesitamos líderes que sepan dialogar y encontrar consensos. Es iluso pensar que PSOE o Unidas Podemos pueden desplegar sus programas electorales como si contasen con mayorías en el Congreso. Están obligados a entenderse en el seno de la coalición y fuera de ella, con otras muchas fuerzas políticas; lo que obliga a pactos y renuncias. Y, en este caso, con el valor añadido, pero también la rigidez de que la legislación a validar había sido pactada previamente por los principales agentes sociales en España. Solo los partidos sin responsabilidades y sin vocación real de tenerlas pueden aferrarse a la quimera de conseguir que todos los demás asuman sus tesis y desplegar sus programas como si no hubiese parlamentos.

El mercado de trabajo español se enfrenta a dos problemas principales: el paro y la temporalidad. El primero tiene que ver con múltiples factores: el tamaño y capacidad del sistema productivo para contratar trabajadores, la dimensión de la economía sumergida, o la existencia de problemas de diseño y control de algunos programas de ayudas públicas generadoras de trampas de pobreza. Pero el segundo tiene mucho que ver con una cultura cutre y cortoplacista existente en no pocas empresas, incapaz de ver los costes y problemas que genera la temporalidad en la calidad de bienes y servicios y en la productividad empresarial. Afortunadamente, las mejores empresas no tienen esta cultura; o, más bien, al revés, son las mejores y a las que les va bien porque tienen otra forma de gestionar sus recursos humanos. La reforma está enfocada a forzar ese cambio cultural. Posiblemente por eso, muchos empresarios, los que hacen las cosas bien para ello y para los demás, no ven que lo aprobado les vaya a suponer un gran cambio. Porque su objetivo son otras empresas y otros espacios.

En cuanto a lecturas políticas, me quedo con una: la altura de miras de Ciudadanos, que aceptó la importancia de respetar y avalar un pacto importante y necesario en un país harto de disputas y enfrentamientos y que no podía arriesgarse a un retraso en la aprobación de una reforma que nos condenaría a perder millones de euros de los fondos europeos y el respeto de las autoridades comunitarias. Un partido con visión de Estado.