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Faro de Vigo

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José María de Loma.

Contagiados todos

Las autoridades sanitarias consideran que en febrero, en algunas zonas de España, podría haberse contagiado el ochenta por ciento de la población. Y aquí estamos. Atemorizados esperando al virus. Tal vez se cuele por la ventana. A lo mejor se nos inocula por adoptar una metáfora mediocre. Lo mismo nos lo pega un contertulio, un frutero, una vecina, la tramonatana o un señor con un paquete de nueces de macadamia y corbata roja con el que coincidimos un jueves en el ascensor. Hay que ver el buen tiempo que hace para esta época del año. Y aquí estamos, a resguardo del vociferante, evitando el autobús, rechazando reuniones, esquivando plastas, edificando precauciones. Vivir con parapeto. No falta quien nos anima: “Nada, nada, mejor pasarlo. Es como una gripe y dura un día”. Es que no quiero gripe de un día ni un día con gripe. Las estadísticas y la tasa de incidencia por cien mil habitantes ya no valen. La gente se calla. Lenguaraces positivos conversos a la fe del mutismo. Gente que necesita trabajar y si hace cuarentena no factura. La gran mentira social. El vete tú a saber elevado a política de Estado y a estado social. Dentro de unas semanas, todos ómicron. El virus acecha. La suerte, también. Los test son como el rasca y gana. O rasca y positivo. Rasca y negativo. El test como rito familiar a la caída de la tarde. Y abre un vino, corazón, que hemos dado negativo.

“No sabemos cómo está la gente, dado que no nos arriesgamos a hablar en nombre de la colectividad”

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La gente no está que trina, eso sería en el país de los pájaros. No sabemos cómo está la gente, dado que no nos arriesgamos a hablar en nombre de la colectividad, pero sí que acertamos a saber que están a punto de contagiarse. Me he comprado un ómicron sonaría a frase del que se ha comprado un Seat. Ahora el virus salta de cuerpo en cuerpo, como la depresión o la euforia; como un colonizador orgulloso que va plantando banderas, mocos, en los territorios –cuerpos– hollados. Como diría Blas de Otero, “vivir se ha puesto al rojo vivo”. Incluso escribir sobre la vida, “Porque escribir es viento fugitivo, y publicar, columna abandonada”. Y el latigazo: “Soy un escombro del hombre aquel que fui cuando callaba”. Ahora el hombre que calla puede ser un positivo o un prudente o un mudo o alguien que está pensando.

Estado de alerta resignado, esperando al ómicron, a puerta gayola o con el espadón presto, cautivo y desarmado. O no, peleón según el día.

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