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Faro de Vigo

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Carmen Martínez-Fortún

Reflexiones sobre ómicron

Una lleva unos días confinada por razones que todos ustedes comprenderán y ha superado dolores de cabeza más que molestos, mucosidades densas, dolor de garganta y escalofríos sin fiebre. Catarro intenso de vías altas, dolor de pantorrillas y una boca como el desierto de Tabernas. Estos son mis síntomas de ómicron, inocente de mí, que me encerré en el campo, pero al fin ha vencido a mis cautelas. Como única solución, autotest y autocuidados. Y todo autofinanciado. Al menos al final los test fueron más baratos. Algo es algo. Distancia, limpieza, ventilación y protección, retirada en la paz de estos desiertos de mi cuarto.

También he visto mucha tele, ¡qué remedio!, para comprobar que la última categoría de COVID tiene a España entera inundada, paralizada, saturada y harta de un caos que ha superado todas las previsiones de quien tiene la obligación de prever y que se ha actuado con algo muy cercano a la banalización de un modo que una no puede dejar de considerar muy culpable por parte de las autoridades, ajenas a lo que estaba ocurriendo en Europa, como si nos fuéramos a librar porque sí.

Se ha llegado tarde no ya a la vacunación de refuerzo, que también, sino a procurar unos precios asequibles de los test, casi única herramienta para luchar contra un virus que se contagia incluso entre vacunados. Este no ha tardado en colapsar la atención primaria con unas bajas y altas que son una tortura para sanitarios, enfermos y empresas. Ahora también el riesgo de ocupación hospitalaria es más que alto. Y dígame usted, amigo lector, si no es más que un síntoma de un gobierno impotente y desbordado la pretensión de gripalizar la enfermedad como si eso fuera a suponer un alivio para los infectados. No soy yo de las que cree que todo se ha hecho mal. Millones, sí millones estamos leves gracias a una muy buena campaña de vacunación en España. El peligro está en dormirse en los laureles.

Podemos consolarnos pensando que al menos en Moncloa no tienen por costumbre emborracharse los viernes. Qué gran alivio. Aunque en Reino Unido los autotest sean gratis.

*Profesora

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