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Faro de Vigo

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DESDE MI ATALAYA

Manuel Torres

Anecdotario popular marinense

En días pasados hemos transcrito algunas anécdotas marinenses contadas por el medico Secundino Lorenzo Touza, de grato recuerdo para los que lo conocieron y los trató médicamente. Por eso hoy queremos ir presentando algunos de sus curiosos escritos de los episodios de la época, que recoge toda la idiosincrasia del marinense de aquel tiempo.

El anecdotario popular marinense es muy rico en situaciones cómicas y curiosas, y como en todas las villas marineras, Marín, vivía cara al mar, y el mar era toda su vida, por lo que la mayoría de sus anécdotas, esta relacionadas con ese mar, fuente de riqueza y de trabajo. No obstante, el entremezcla con otras situaciones propias de la vida de los pueblos.

Este de hoy, es un breve “squech” de una situación cómica, presentada en un tono de acentuado humorismo, pero humorismo serio y bien intencionado, porque en todo caso, la intención de transmitir situaciones humanas para comprender y aplaudir o disculpar, a veces, la actitudes y reacciones de sus protagonistas, no siempre, demasiado ortodoxas, pero siempre impregnadas de sinceridad, de nobleza y respeto, para los hechos fundamentales de la vida, dentro de un contubernio tradicional, rico en matices humanos.

Con ello queremos rendir un pequeño homenaje póstumo, de recuerdo y admiración, al gran marinense que fue, don Secundino Lorenzo Touza, médico, que, a su benéfica misión de curar los males del cuerpo, sino que también, la noble distracción de recoger, conservar y difundir, los episodios ejemplares de nuestros conspicuos convecinos, con imaginación, ingenio y chispeante intención.

Como quiera que sus estupendos relatos, orales o por escrito, van dirigidos a su círculo de amigos íntimos, nosotros, en un deseo de hacerlos patrimonio común de todos los marinenses, tratamos de ir publicando algunos de sus muchos relatos sobre la vida local, y hoy traemos: “A parra d’auguardente”.

Entre los entendidos valedores de Marín, “O Xenlo”, tenía fama de entendido y pasaba por muy competente en cosas del mar. Su aspecto robusto y fornido, le daban cierto aire de superioridad, que infundía respeto a los compañeros. Y más de una vez alardeaba que su vigor era debido a su cura diaria de aguardiente, que su amigo Fandiño le suministraba al rayar el alba, en aquella covacha de taberna que tenía al borde de la playa del Tombo.

Invariablemente, en verano y en invierno. La primera ocupación que evacuaba al levantarse de cama, y antes de echar el acostumbrado vistazo al estado del clima, para formular un diagnóstico, era llamar a su amigo, para que abriese la puerta y tomarse, de un solo trago, su vaso, limpiándose la boca con la manga de la chaqueta. Pero inmediatamente también, “O Xenlo”, rosmaba contra Fandiño, nada más acabar el trago. –“Hoxe tamen votastelle qué, Fandiño”.

El tabernero, cansado de aguantar la diaria reprimenda de su amigo y cliente, delante de la madrugadora clientela de marineros, se propuso escarmentar a su exigente amigo, y al retirase para dormir, mezcló en la botella de aguardiente un poco de aguarrás. Llegada la mañana del día siguiente, “O Xenlo”, pidió su acostumbrada receta, que bebió, como de costumbre de un solo trago.

En cuanto hubo vaciado su contenido, se adelanto Fandiño, socarrón, y le dice: - “Hoxe e boo, ¿Non Xelo?”. Y nuestro hombre, gesticulando extrañamente con la boca y echando las manos a la garganta, contestó, con voz entrecortada. – “Boa, por cierto, parece un sinapismo.”

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