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Ánxel Vence.

crónicas galantes

Ánxel Vence

La alegría de llamarse Boris

Anda en coplas el premier británico Boris Johnson a cuenta de su afición a organizar botellones en la residencia oficial y saltarse las prevenciones contra la pandemia impuestas por su propio Gobierno. Para un gobernante divertido que hay en este triste mundo, no paramos de afearle la conducta.

Johnson luce un pelo anárquico producto del azar y de las fuerzas de la naturaleza, pero lo más significativo no es tanto su apariencia como el nombre que acaso determine sus acciones. Con un punto de excentricidad británica, el Boris de Downing Street recuerda a otro Boris ya fallecido –de apellido Yeltsin– que en su día capitaneó la transición de la Unión Soviética a la nueva Rusia. El presidente Gorbachov pretendía ir más despacio, pero es que no bebía.

El Boris ruso era bastante más inmoderado en la bebida que su actual homónimo del Reino Unido. Lo mismo se ponía a dirigir, batuta en mano, a cualquier banda de música que le rindiese honores a su llegada a un aeropuerto, que lucía sus dotes de bailarín en público. Una habilidad de la que también goza, según se ha visto en recientes vídeos, el fiestero Johnson.

Lo de Yeltsin, alcohólico nada anónimo, daba en su momento algo más de miedo a quienes le suponían viajando con el maletín de las bombas atómicas en una mano y la frasca de vodka en la otra. Los más aprensivos no dejaban de temer que en el curso de una de sus gloriosas ebriedades apretase sin advertirlo el botón rojo; aunque ya se sabe que esas cosas solo pasan en las comedias americanas.

Pasados aquellos años inaugurales de la nueva Rusia, llegaría al cargo Vladimir Putin, antiguo espía de la KGB y hombre de mirada glacial, poco dado a las bromas o al coqueteo con la botella. Sobra decir que el dipsómano Yeltsin era más divertido y menos amenazador que su actual sucesor al mando.

“El Boris inglés que va de lío en lío por su devoción a la juerga solo mantiene la tradición”

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El Boris inglés que ahora va de lío en lío por su devoción a la juerga no hace en realidad otra cosa que mantener la tradición de algún que otro inquilino de la casa desde la que se gobierna el Reino Unido.

Baste citar el ilustre caso de Winston Churchill, al que los nazis solían caricaturizar como beodo; y que efectivamente dirigió las exitosas operaciones bélicas contra Hitler con la botella de champán a mano y un puro de reglamento en la boca. El abstemio Adolfo perdió la partida, como es sabido.

No siempre la sobriedad garantiza el buen gobierno. Un buen ejemplo podría ser el de George Bush Jr., alcohólico felizmente rehabilitado que, ya sobrio, no dudó en perpetrar la disparatada invasión de Irak. Fueron muchos los que entonces sospecharon los riesgos de dejar de beber a ciertas edades.

Ni Boris Yeltsin causó más desaguisados bélicos de los habituales, ni, por ahora, lo ha hecho Boris Johnson, al que a lo sumo se le afea su papel en la salida del Reino Unido de la Unión Europea, solo unos años después de declararse “fanático” de la UE.

Habría que investigar, si acaso, la influencia del nombre Boris sobre la afición de los así bautizados a la vida alegre, incluso en el ejercicio de sus funciones de jefes de Gobierno. Tanto Yeltsin como ahora Johnson fueron censurados por su afectuosa relación con el alcohol, pero quizá no sea para tanto. Otros hay que, aun sin probar gota, ni borrachos serían capaces de dar pie con bola en sus decisiones.

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