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Faro de Vigo

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Luis Carlos de la Peña

Artesanos

No queremos saber el origen de las carnes, pescados, cereales y hortalizas que comemos; de los plásticos y derivados del petróleo que nos visten y rodean; de la calidad del aire y el agua de los que hacemos uso. Deseamos vivir preservados por la ignorancia y empeñados en el tancredismo. En realidad conocemos demasiado bien los distintos tipos de venenos de los que nos servimos. Su uso intensivo, al menos durante los dos últimos siglos, ha servido para desmentir a Thomas Malthus y sus fatalistas tesis sobre las limitaciones productivas de la tierra. En consecuencia, adoptamos al pie de la letra el mandato del Génesis de “creced y multiplicaos”.

Quizá pensaba en esto el ministro Garzón, enfrentado tanto a la deshumanización industrial como a la modernidad, en su referencia a la ganadería intensiva. En acompañamiento de estas polémicas es quizá oportuno hablar de los artesanos: esas personas que mediante la afinación de sus habilidades se esfuerzan en hacer las cosas bien, imbuidos de una profunda ética y renunciando a la mera repetición e imitación. Las encontramos en cualquier sector de actividad, sea en la ganadería extensiva, en la viticultura o en los centros de investigación punteros.

Quienes trabajan en modo artesano demuestran una enorme capacidad de sacrificio y adaptación al medio. No oponen resistencia a los condicionantes naturales, se adaptan a ellos para imprimir a sus creaciones una mayor carga de autenticidad e identidad. No se quejan, dado que ello les induciría a la distracción y a admitir la rebaja de su soberanía. Existe un permanente diálogo del artesano con sus pensamientos en torno al propósito, la materia, los procedimientos y los efectos logrados. La artesanía, en suma, sería el meticuloso y tantas veces doloroso proceso deliberativo que desemboca en la creación.

La aplastante capacidad de las motivaciones económicas para impulsar los procedimientos estandarizados llevados a escala global, han librado a la humanidad de penurias y desastres habituales a lo largo de la historia. Desde el otro lado del espejo, el sociólogo norteamericano Richard Sennett escribe que “solo podemos lograr una vida material más humana si comprendemos mejor la producción de las cosas”. Los artesanos son adelantados prácticos de esta manera diferente de afrontar los procesos productivos, regidos menos por el imperativo económico y en más íntima unión con la naturaleza, no para idealizarla sino para cuestionar nuestros excesos.

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