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La Navarra de Pepe Mari, una taberna con señorío

Vino bueno, atención cordial y ambiente festivo, claves del éxito que consolidó la tercera generación de los Ureta (3)

La Navarra de Pepe Mari, una taberna con señorío

La Guía-Anuario de Pontevedra-Marín del año 1940 nominó en esta ciudad 23 cafés y bares, 26 casas de comidas y 27 tabernas y almacenes de vinos. En total, 76 locales conformaban la hostelería oficial. Aunque resulte bastante chocante desde la perspectiva actual, solamente uno de ellos estaba en la calle Princesa: La Navarra. Allí no había más.

Entonces fue cuando entró en liza la segunda generación representada por José María Ureta Ugarte, hijo de Justo y sobrino de Bernardo, los iniciadores de la saga, a quienes dedicamos la crónica anterior. El traspaso a su nombre se formalizó en 1942 y comenzó una nueva etapa de la popular taberna.

Por aquel tiempo, La Navarra abrió una sucursal en Marín, que también popularizó el apellido Ureta. Durante muchos años, aquella taberna siempre fue “la de Ureta” en lenguaje coloquial. Así todavía se recuerda entre la gente mayor, pese a que en 1957 pasó a regentarla José Ramón Rey Méndez, y luego su hijo del mismo nombre.

Cuando se hizo cargo del negocio, la primera cosa que hizo José María fue solicitar al Ayuntamiento un permiso municipal para instalar un rótulo con el nombre de La Navarra, así como para abrir el escaparate al lado izquierdo de la puerta de entrada, que aún conserva hoy con un uso meramente ornamental.

El primer José María Ureta, siempre vestido con el mandil característico de los taberneros de aquella, probablemente tuvo que afrontar la época más difícil de la historia de La Navarra, dada la penuria general reinante, amén de las tristezas del alma y otros sufrimientos peores. Él supo mantener una clientela fiel mediante una receta que luego aplicó su hijo con mucho tino para ampliar su base social: vino de calidad y ambiente de cordialidad. Ese fue y sigue siendo el secreto de su éxito, camino de convertirse en centenaria.

Además de los vinos propiamente navarros, los Ureta se mostraron fieles a sus proveedores originales en las diferentes denominaciones. El Valdepeñas blanco llegaba desde Villarta de San Juan, lugar de Ciudad Real. El Rioja procedía de los pueblos alaveses de Oyón y de Arnedo. Y el vino de pasa venía de Cheste, provincia de Valencia.

Para su trasporte se utilizó primero la vía marítima, a través de una ruta que enlazaba los puertos de San Sebastián y Marín; en ambos casos con el consiguiente trasiego anterior y posterior en carros o carretas. Algunas veces también se usó el transporte férreo. Y cuando se modernizó el sistema con el empleo de cisternas en camiones, surgió el inconveniente de la ubicación de La Navarra en el corazón del casco antiguo, con serias dificultades de acceso por la estrechez de las calles de su entorno.

El Servicio de Bomberos resultó entonces providencial, porque prestó una y otra vez sus mangueras para trasegar el vino desde donde entraban las cisternas, a la altura de la Cruz Roja, hasta la trasera de la taberna al final de la calle Charino, donde se guardaba en grandes bocoyes.

Cada vez que llegaba un camión de vino para La Navarra, el vecindario tomaba posiciones en ventanas y balcones para presenciar el espectáculo sin perder detalle. Si los bomberos ya fueron clientes antaño, estrecharon más su relación con la taberna por aquel gran favor. Particularmente Pepe Mari, el segundo José María Ureta, mantuvo con el cuerpo una relación muy afectuosa.

A mediados de la década de 1960, cuando el padre se puso enfermo y sintió que le fallaban las fuerzas para atender el negocio, no tuvo más remedio que requerir la presencia de su hijo, que entonces estudiaba Químicas en la Universidad de Santiago.

Pepe Mari contó en diversas ocasiones que aquel cambio resultó ciertamente duro, además de decisivo en su vida. Pero nunca se quejó y luego disfrutó mucho al sentirse tan apreciado por una clientela variopinta.

Si la afición taurina, que el hijo también heredó del padre, dio mucho ambiente a La Navarra cada vez que hubo una corrida en el coso de San Roque, la calidez del ambiente subió muchos decibelios de forma paralela a la trayectoria del Pontevedra CF. El ascenso a Primera División y el ¡Hai que roelo! supuso todo un hito que allí se vivó con auténtica pasión.

Cada taberna tenía su parroquia en nómina, pero no pocos hacían su ronda diaria repitiendo chiquita aquí y chiquita allá, tras concluir su jornada laboral. A profesionales reputados y personajes conocidos que comenzaron a frecuentar La Navarra de Pepe Mari entre finales de los años 60 y principios de los 70, pronto se sumaron las jóvenes generaciones, chicas incluidas, que hasta entonces apenas habían pisado los locales de vinos. Aquello supuso una pequeña revolución social.

Aquí podría aplicarse muy bien eso de que tú no eres de Pontevedra si nunca tomaste un vino o una pasa en La Navarra. Muy difícil resulta hoy encontrar un pontevedrés que no pasara por allí durante todos estos años.

La Navarra no tuvo cocina y, por tanto, nunca sirvió comida; pero Pepe Marí comprendió que un acompañamiento resultaba esencial y ayudaba a repetir la taza o el vino. De modo que popularizó enseguida sus “taquitos” a base de conservas, fiambres y quesos.

Excepcionalmente, obsequió con pulpo y empanada a sus clientes cuando la taberna cumplió 75 años, al tiempo que colocó una placa conmemorativa de dicha efeméride: “La Navarra 1925. En su 75 aniversario, en homenaje a su distinguida clientela y a sus fundadores, la familia Ureta”.

Luego echó la casa por la ventana en 2005, cuando festejó el 80 cumpleaños con una comida en el restaurante del Pazo da Cultura a la que asistieron un centenar de comensales. Entonces Pepe Mari anunció con cierta nostalgia la muerte del clásico barril y, por consiguiente, el final del vino a granel, que allí se sirvió hasta su prohibición expresa. Aquellas palabras sonaron a despedida en vida para algunos amigos más próximos que conocían bien la cruel enfermedad diagnosticada.

Como si de un mal fario se tratara, José María Ureta Rodríguez falleció tres años después, cuando solo contaba 65 años. FARO dio la noticia en su portada el 29 de julio de 2008, muestra inequívoca de su gran notoriedad social.

El canto del sombrerero Quiñones

La Navarra fue a lo largo de toda su historia una taberna muy cantarina o cantora, una característica que todavía mantiene viva hoy, aunque no con tanta afición y entusiasmo como antaño. O sea que allí siempre cantó quien quiso y cuando quiso, de manera espontánea, solo o acompañado, sin que nadie se sintiera molesto por un afinamiento mejor o peor. Únicamente su bendita parroquia más veterana recuerda todavía con simpatía no exenta de nostalgia los entonados cánticos del inefable Quiñones, propietario de la desaparecida sombrerería España. Su pequeño local estaba ubicado al final de los Soportales de la Herrería, entre Calzados Felipe y Droguería Varela, debajo de la pensión Saladina y luego Romero, aunque de la misma familia. De construcción muy antigua, la casa se encuentra pendiente desde hace bastante tiempo de una rehabilitación muy necesaria. Los chiquiteros de La Navarra en su tiempo sabían bien que Quiñones cantaba allí en un reservado de madera todos los sábados, costumbre que mantuvo durante unos cuantos años ante el regocijo general. Pero él era, sin duda, quien más disfrutaba con sus celebradas actuaciones. El gran Quiñones elevó la categoría musical que sonaba habitualmente allí entre sus viejas paredes, porque no canturreaba cualquier cosa, sino que era un enamorado del género lírico. De repertorio limitado, destacaba muy especialmente “Marina”. Hasta tal punto llegó su pasión por la famosa zarzuela-ópera de Emilio Arrieta, que bautizó con ese nombre a su hija. También era conocido popularmente Quillones como “Adió”, porque esa voz peculiar salía de su boca cada vez que saludaba por la calle a sus múltiples amistades con un “adiós” entrecortado y sin pronunciar la “s”.

La tertulia del doctor Fontoira

Entre las innumerables tertulias que albergó La Navarra con Pepe Mari al frente de la taberna, destacó sobremanera una promovida por el doctor Manuel Fontoira Surís, jefe del Servicio de Pediatría del Hospital Montecelo y persona bien conocida por su talante auténticamente liberal. La cita era cada viernes, en la primera mesa de madera entrando a la derecha, a partir de la una y media de la tarde, cuando el trabajo se relajaba -o lo relajaban- cara al fin de semana. Entonces cualquiera podía escaparse un poco antes de su hora de salida, sin mayor problema. No fue una tertulia solo de médicos, aunque prevalecieron estos profesionales porque Manolo sumó a sus buenos amigos Gonzalo González y Enrique de la Ballina. Pero otro fijo fue Aniceto Núñez, conselleiro de Educación y directivo de Constructora San José, así como el arquitecto Rafael Fontoira Surís, hermano pequeño del inspirador de aquella tertulia que, no obstante, jamás mostró una naturaleza cerrada, sino todo lo contrario. Esa característica significaba que cualquier amigo de unos u otros que llegaba a La Navarra podía sentarse sin ningún reparo a pontificar sobre el asunto del día y compartir una botella -o dos- de vino, siempre bueno. A partir de aquellas charlas encantadoras para sus protagonistas, escribió luego Rafael Fontoira, en funciones de notario mayor, un delicioso libro donde reunió buena parte de sus recuerdos de las historias allí contadas sobre las guerras de los franceses y los ingleses en esta villa, corsarios, judíos y masones, etcétera. A Praza do Pan resulta así de lectura obligada para los amantes de la rica intrahistoria de esta vieja ciudad, “que é de verdade a que nos interesa e nos ensina”, en palabras del prologuista, Aniceto Núñez.

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