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Faro de Vigo

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A pocos de los preocupados por la convulsa situación geopolítica por la que ha pasado Afganistán desde la invasión soviética de 1978 –por no remontarnos a mucho más atrás, a la época de Alejandro Magno– a pocos, digo, les habrá extrañado la noticia de la hambruna anunciada que azotará de forma segura al país durante este invierno. Son muchas las circunstancias que confluyen para crear el drama por la que pasará la totalidad de los afganos: de acuerdo con la ONU, el 97% de la población entra en los parámetros que definen en forma oficial la pobreza, y más de la mitad pasa hambre de forma continua. Entre las claves esenciales, cómo no, está la torpeza de la política exterior que han seguido los tres o cuatro últimos presidentes de los Estados Unidos y su consecuencia inmediata: la vuelta al poder de los talibán. Pero siendo el régimen fundamentalista talibán quien ha acumulado un poder tan completo como jamás se había visto en los últimos siglos, sin apenas reducto alguno del país que escape al control del actual Gobierno, es el aparato talibán el que va a tener que hacer frente a la crisis alimentaria a la que está llevando la ruina de las cosechas. Lo hará, además, en solitario porque ni siquiera las ONG que buscan ayudar a la población pueden llevar a cabo su trabajo. El único clavo ardiendo al que agarrarse es la nada segura ayuda de Pakistán y Arabia Saudita porque la república islámica de Irán, vecina, es difícil que ayude a un régimen que persigue con saña a los chiitas.

“El único clavo ardiendo al que agarrarse es la nada segura ayuda de Pakistán y Arabia Saudita porque Irán es difícil que ayude a un régimen que persigue a los chiitas”

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Entre los muchos trabajos que analizan y explican lo sucedido en Afganistán yo destacaría dos, encaminados ambos a interpretar el auge de los credos fundamentalistas islámicos. El del premio Nobel V.S. Naipaul, quien viajó a Irán, Afganistán, Pakistán, Malasia e Indonesia tras la llegada al poder del allatolah Jomeini, y la magnífica y sorprendente crónica de Ahmed Rashid sobre el nacimiento y triunfo del régimen talibán. Ambos dejan claro que separa muy poco a los diversos fundamentalistas musulmanes en su forma de entender la relación entre la ley islámica y los códigos civiles y penales: el wahabismo de Arabia Saudita, el chiismo de Irán, el credo sunita de los talibán pastunes, o el propio Daesh, el Estado Islámico, todos ellos sostienen casi lo mismo. Pero les separa la radicalidad en el rechazo de todo lo que no proceda de la versión original del Corán, que es extremo por parte de los talibán y el Daesh. Volver por imposición ineludible a las costumbres y los modos de gobierno del siglo I d.c. lleva –olvidemos en este caso la opresión de las mujeres– a convertir en imposible la administración del Estado. Siendo así, cuesta entender cómo se podría evitar la catástrofe de la hambruna. Salvo aceptando el cinismo de Malthus: cuando haya muerto una cantidad ingente de afganos, los que queden tendrán algo qué comer. Pero si para eso hemos librado desde Occidente varias guerras contra el fundamentalismo islámico, podríamos habernos ahorrado la molestia.

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