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Faro de Vigo

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Luis Carlos de la Peña

Los libros

Durante las últimas semanas he dedicado tiempo a desmontar la biblioteca de mi padre. Decía Borges que “el hombre olvida que es un muerto que conversa con muertos”. He extraído, uno tras otro, los cientos de libros acumulados a lo largo de una vida larga y llena. Abrir cada tomo, rescatar de entre sus hojas recortes de artículos, cartas –ése desaparecido arte–, fotos personales y postales de lugares entonces casi inconcebibles; leer los subrayados –ese rastro de opiniones quizá compartidas con los autores–, ha sido un acercamiento a los sentimientos tantas veces inexpresados por un pudor que hacía del silencio sobre sus cosas una forma de discreta cesión a las nuestras.

En esa biblioteca deslucida ya por los años, están las vidas y obras de otros, muchos de ellos con honda huella en la memoria y el goce estético: Unamuno, Ortega y Marañón; Dickens, Wilde o Zweig y también el surco profundo de Rosalía, Castelao, Otero y Risco; de Fernández Flórez, Camba, Cunqueiro, Castroviejo, Madariaga o Assía: una tradición que el presente ha preferido amputarse en un ejercicio de amnesia colectiva.

“Como quizá estéril conjuro contra el olvido, me empeño en estibar más libros de los que nunca podré ya leer”

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De esa memoria enterrada con inconsciente desaprovechamiento, surgen los bellos volúmenes de la viguesa Editorial Monterrey, de sus amigos tudenses Álvarez Blázquez, y entre ellos, el Teatro Venatorio y Coquinario Gallego (1958) escrito al alimón por José María Castroviejo y Álvaro Cunqueiro, después reeditado en Austral como Viaje por los montes y chimeneas de Galicia (1962). Obra mayor de nuestra literatura; un libro delicioso, insondable, con toda la poesía de un país inserto en la naturaleza, necesitado de describir sus paisajes, que en este caso lo son del alma, y panteísta a fuerza de hacerse preguntas sin hallar respuestas. Los saberes de estas recetas, tan vagas como literarias, sobrevivieron en la oralidad de las cocinas de algunos pazos y poderosas rectorales del siglo XIX, justo antes del absentismo de los propietarios y el inicio de la práctica desaparición del mundo rural como un todo inalterado, armónico y autosuficiente.

“Todo lo borra el tiempo, hasta el amor”, escribe Cunqueiro, y como quizá estéril conjuro contra el olvido, me empeño en estibar más libros de los que nunca podré ya leer. Al fin y ateniéndome a la certeza borgiana del inicio, acumulo una provisión de autores y títulos en la confianza de mantener con ellos, y su anterior propietario, una inacabable y gozosa conversación.

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