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Faro de Vigo

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José Manuel Ponte

Inventario de perplejidades

José Manuel Ponte

Zweig, una escala en Vigo

A un alma sensible como lo era Stefan Zweig, tuvo que causarle enorme dolor ver como se destrozaba su patria grande, Europa, y después su patria chica, Austria, en los años trágicos que van desde el inicio de la Primera Gran Guerra (1914-1918) hasta el final de la Segunda (1939-1945), que concluyó con la rendición incondicional de Alemania y Japón y la aparición en escena de dos grandes potencias, Estados Unidos y la URSS. Por en medio hubo otras guerras menores, entre ellas la de España contra sí misma (1936-1939), en la que el gran escritor austriaco ya adivinaba una maniobra preparada por las dos potencias ideológicas con vistas a su futuro enfrentamiento. Y fue en aquel verano del inicio de la Guerra Civil española que Stefan Zweig tuvo ocasión de lucir nuevamente sus dotes de anticipación sobre la tragedia de dimensiones cósmicas que se estaba incubando mientras la gente andaba todavía entretenida en sus rutinas de trabajo y de ocio. “Había salido yo de Southampton en un barco inglés –escribió el autor de tan buenos libros– con la idea de que el vapor evitaría la primera escala en Vigo para eludir la zona en conflicto. Sin embargo, y para mi sorpresa, entramos en ese puerto e incluso se nos permitió a los pasajeros bajar a tierra durante unas horas. Vigo se encontraba entonces en poder de los franquistas y lejos del escenario de la guerra propiamente dicha. No obstante, en aquellas pocas horas pude ver cosas que me dieron motivos justificados para reflexiones abrumadoras. Delante del ayuntamiento, donde ondeaba la bandera de Franco, estaban de pie y formados en fila unos jóvenes, en su mayoría guiados por curas y vestidos con sus ropas campesinas, traídos seguramente de los pueblos vecinos. De momento, no comprendí para qué los querían. ¿Eran obreros reclutados para un servicio de urgencia? ¿Eran parados a los que allí daban de comer? Pero al cabo de un cuarto de hora los vi salir del ayuntamiento completamente transformados. Llevaban uniformes nuevos y relucientes, fusiles y bayonetas. Bajo la vigilancia de unos oficiales fueron cargados en automóviles igualmente nuevos y relucientes y salieron como un rayo de la ciudad. Me estremecí. ¿Dónde lo había visto antes? ¡Primero en Italia y luego en Alemania! Tanto en un lugar como en otro habían aparecido de repente estos uniformes nuevos e inmaculados, los flamantes automóviles y las ametralladoras. Y una vez más me pregunté: ¿quién proporciona y paga estos uniformes, estas armas? ¿Quién organiza a estos pobres jóvenes? ¿Quién los empuja a luchar contra el poder democráticamente elegido, contra el parlamento, contra los representantes del pueblo...?”. Stefan Zweig, que había bajado del barco para dar un ameno paseo por la hermosa ribera de Vigo, se topa de pronto con la brutalidad fascista “ese nuevo poder que amaba la violencia, que necesitaba la violencia y que consideraba anticuadas todas las ideas que nosotros profesábamos”. Cuando estuve destinado en “El Pueblo Gallego”, periódico que había sido incautado al político Ángel Urzaiz, me contaron algunos trabajadores del taller que al inicio de la Guerra Civil fueron subidos a unos camiones y llevados al frente para defender Oviedo, ciudad que estaba siendo asediada por los republicanos y solo disponía de un estrecho corredor, el paso del Escamplero, para avituallarse.

–Nos van a meter dinamita hasta en los cojones –se temieron los atribulados pasajeros del camión.

¡Feliz año!

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