Suena el despertador de manera inusual a las 06.30 horas, te tomas un café, te vistes y te diriges hacia Montero Ríos. Todavía es de noche, hace frío e incluso llueve cuando te pones en una cola en la que ya hay casi un centenar de personas a la espera de un PCR pese a que queda hora y media para que abra el complejo instalado por el Sergas. Sabes, además, que la estancia se va a alargar durante cuatro horas. Y eso porque has llegado cuando los gallos todavía siguen durmiendo. Aquellos que lo hacen a las 09.00 horas todavía no son conscientes de que van a estar todo el día a la intemperie, algunos con sillas llevadas de casa, sin que nadie les asegure que puedan realizarse la prueba a tiempo. No les importa.

No les importa porque el miedo no entiende de esperas, de colas interminables ni de un minutero que se mueve mucho más despacio de lo que desearían. La actitud de los presentes es el fiel reflejo de la preocupación que existe entre los vigueses. Con más de 300 personas en la zona, lo único que se escucha es el gorjeo de los pájaros y el sonido metálico de las verjas de las cafeterías. Nada más. Como si el silencio fuese a hacer que la cola avanzase más rápido. Hoy centenares se pondrán de nuevo a la cola y volverán a escuchar el silencio. Porque el miedo, y más en una cola interminable, lo detiene todo.