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Faro de Vigo

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Con la precisión de quien se ajusta a una milenaria tradición que se repite con la armonía de una coronación imperial japonesa, alzaba Idris aquella enjuta figura que la vida se había encargado de perfilar con trazos de dolor y desconsuelo. Solo él, sus profundas convicciones y los sueños por cumplir podían encontrar sentido a tanto sacrificio y, siquiera, al menos una razón para seguir viviendo.

Ceñido con los restos de aquel lungi que su adorada Nasima le había regalado el día de su boda, y en el que a modo de pijama se enfundaba y daba cuerpo cada noche a sus sueños y ambiciones, principiaba cada jornada con la más feliz de sus tareas: preparar el desayuno a su familia. Sabiendo, eso sí, que como siempre tendría que afrontar las quejas de su amada Salma, que no acertaba a comprender cómo su padre, esa persona que tanto decía quererle, le ofrecía sin alternativa un paratha insulso y desabrido, sin más aliño que la compañía de un aguado té. El paratha, hemos de decir, es a Bangladesh lo que a nosotros una anodina tostada. Una masa de harina sin levadura pasada por la sartén, a la que cualquier casta medianamente acomodada solía acompañar de diversos vegetales; e incluso de algún que otro huevo, si lo terciaba la ocasión. Nada de esto podía ofrecer Idris a sus hijas, y de ahí el pertinaz lamento de su pequeña.

Nasima, su esposa, había sido una de esas niñas a las que la penuria familiar pone con tan solo doce años al borde de un convenido matrimonio, ajeno casi siempre a la razón de un sentimiento compartido. Aquel permanente anhelo de llegar a ser dueña del destino pareció venirse abajo una tarde del mes de agosto cuando la familia Mukherjee, de un reconocido prestigio en Dhaka y una acreditada solvencia económica, ofrece a sus padres liberarles para siempre de las penurias en las que desenvolvían sus vidas. Sometidos como estaban cada día al reto de afrontar, inermes y sin más recursos que el ingenio de su pobreza, el presente y el futuro de sus siete hijos. Aquella proposición había creado ciertamente un vasto dilema en sus conciencias y solo el tesón y la fuerte personalidad de la hija, junto al irrenunciable cariño de sus padres, pudieron acercar para siempre la luz de una sentida decisión. Que no fue otra que declinar aquella tentadora, pero también cruel oferta.

Idris y Nasima unirían definitivamente sus destinos en el entorno de los catorce años. Y ya con dieciséis dieron inicio a un singular matrimonio en el que siempre ha sobrado tanto amor, como faltado riqueza. Y en el que también hemos de apuntar que merodeó con insistencia la sombra de una infidelidad que el destino supo desvelar a tiempo, para reparar así la injusticia de la duda.

Y es que, para no avergonzar a su familia, cuando alguna de sus hijas le preguntaba dónde trabajaba, por qué salía de casa con su único traje de fiesta y aquel raído maletín bajo el brazo, respondía Idris, aparentando un pronto enfado, como si la pregunta no fuese ya contestada en miles de ocasiones, que su puesto estaba en un lugar importante. Para añadir a continuación, entre convencido e ilusionado: “Pero, os aseguro que nunca será tan importante como el que a vosotras os espera cuando terminéis la Universidad”. Aunque la respuesta era acogida con una cierta aquiescencia, solía dejar a menudo un rescoldo de duda que con destreza y decisión la madre acertaba casi siempre a disipar. Las más de las veces, acompañando su argumento de un sentido e interminable abrazo. Tal vez en su interior no abrigase otra razón que la complicidad en un misterio que ella tampoco había podido desvelar, pese a la fe en su esposo.

"Le remordía la duda de si todos aquellos esfuerzos serían suficientes para evitar a su familia la vergüenza de un linaje frustrado, en una sociedad que con demasiada frecuencia no perdona el fracaso"

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Durante diecisiete duros años mantuvo Idris oculto que su verdadero trabajo era limpiar las alcantarillas de Dhaka. Que aquel importante cometido no era otro que sumergir cada día su mortificado cuerpo en unas viejas cloacas atestadas de purines y deshechos, sin más protección que la ajada piel de sus manos. Tarea, a la que no obstante se entregó siempre con la mejor de las sonrisas. ¡Cómo iba a ser desleal con lo único que le permitía llevar un sustento a los suyos, aunque fuese tan escaso! Con todo, su vida era la eterna encrucijada de un sentimiento encontrado. Le remordía la duda de si todos aquellos esfuerzos serían suficientes para evitar a su familia la vergüenza de un linaje frustrado, en una sociedad que con demasiada frecuencia no perdona el fracaso.

Por ello, cada día, al finalizar aquella agotadora jornada de trabajo se dirigía a los baños públicos donde empleaba el último resuello en librarse del insoportable hedor que le cubría. Después, repuesto en un traje que sin duda le devolvía una cierta prestancia, apuraba sus pasos para encontrarse con una familia que, en su interior, bendecía a cada instante.

Sin embargo, un día al llegar a aquel hogar siente que su vida se desmorona para siempre. Su hija mayor, con una alegría desbordada, le comunica que había sido admitida en la Universidad y que tan solo faltaba por abonar las tasas del ingreso para cumplir un sueño, que era también el de toda la familia. Ignoraba Manibha que para su padre aquella cantidad era un imposible. Que su sueldo no permitía ir más allá de proveer a un mínimo sustento. Idris, con la voz quebrada, no acierta más que a fundirse con su hija en un interminable abrazo, en el que mezclaba orgullo y frustración.

Cuando al día siguiente sus compañeros de trabajo logran descubrir, no sin grandes dificultades, las razones de su pena deciden reunir todos sus jornales y acercándose a él le ofrecen el mejor de los regalos: “Tu hija, nuestra niña, no va a quedar sin ir a la Universidad. Aquí tienes lo necesario”.

Esa tarde Idris no acude a los baños públicos. Se dirige directamente a su casa, cubierto de lodo y envuelto en un hedor insoportable. Era su manera de rendir homenaje a unos seres que habían antepuesto el futuro de su hija a su propio bienestar. Pero, sobre todo, también quería implorar el perdón de una familia a la que en su alma sentía haber fallado.

Hoy, Manibha desempeña su profesión de ingeniera en una empresa dedicada al medio ambiente y sus hermanas, Nur y Salma, concilian un trabajo a tiempo parcial con sus estudios de Psicología y Finanzas en la Universidad Estatal de Dhaka. Pero las tres son conscientes de que ninguna enseñanza superará jamás lo aprendido al calor de aquel hogar.

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