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Faro de Vigo

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Los miembros de mi generación fuimos niños en un mundo en el que no existían ni la televisión, ni los teléfonos móviles, ni internet, ni la Coca Cola ni, por supuesto, las redes sociales. Cine sí que había, aunque las películas quedaban sujetas a una estricta clasificación religiosa, disfrazada de moral, que les concedía un número desde el 1 –toleradas para todos los públicos– al 3 –solo para mayores de edad– con una categoría 4 añadida que advertía que eran para mayores pero con reparos porque, a juicio del censor, incluso ellos podían ponerse en grave riesgo de pecar. Ni que decir tiene que recurríamos a toda suerte de engaños, como el de ponernos pantalón largo, por ver si nos podíamos colar en las más peligrosas en la convicción de que también se trataría de las más interesantes. Quizá por ver de animar a la clientela a acudir al cine pese a tanto obstáculo, las empresas echaban en cada sesión dos películas, no solo una, y, por razones que jamás llegué a tener del todo claras, hasta tres si se trataba de películas mexicanas de vampiros. Aplicando un criterio económico, eran las que veíamos más.

Lo cierto es que ni en el colegio ni menos aún en las vacaciones echábamos en falta lo que son los iconos de la modernidad en materia de compadreo a distancia. Pero bebidas que llevar a la excursión y, más tarde, a los guateques sí que hacían falta porque no era cosa de someternos a una dieta de agua. El producto que mejor recuerdo era una especie de líquido azucarado con sabor dudoso que se vendía como piña Orambo en botellas con bultitos como los de la corteza de la piña de verdad. Hasta que apareció la Coca Cola, adueñándose del mercado y de nuestras almas.

Después vendría todo lo demás, con la televisión como bandera revolucionaria: en casa de mi abuela materna compraron una antes incluso de que hubiese programas –solo daban uno o dos telediarios de media hora al día– con lo que me pasaba las horas muertas mirando la carta de ajuste. El primer teléfono móvil, obligado porque en la casa de veraneo no llegaba la línea, merecía poco ese calificativo: era tan grande como uno de sobremesa y tenía que llevarse con una batería de automóvil al lado para darle corriente. Tardarían aún más en llegar la red de redes y las cuevas de ladrones que son las redes sociales.

Todos esos productos que ahora son de lo más común, tanto que somos incapaces de imaginar nuestra vida sin ellos, resultaban en sus inicios un verdadero misterio. De la Coca Cola, por ejemplo, se decía que llevaba cocaína nada menos aunque resultaba imposible demostrarlo porque la fórmula estaba encerrada bajo siete llaves. Así que cuando ayer vi en la prensa un reportaje acerca del ingrediente secreto más cuidado de la bebida me apresuré a leerlo. Resulta que es agua. Con todos los demás artilugios, desde la televisión al móvil, el desencanto alcanza parecida magnitud.

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