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Faro de Vigo

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Carmen Martínez-Fortún

Ómicron

La nueva ola de la pandemia

Desde que empezó la pandemia, pero cada vez más a menudo a medida que ese final de quince días malograba estaciones una tras otra y que la inevitable nueva normalidad cuando llegó ni era nueva ni normal, me ha dado por recordar a quienes el siglo pasado vivieron dos guerras y una gripe. Y a aquellos que al inicio de la primera pensaron que iba a durar semanas para luego comprobar que se prolongaba en una interminable pesadilla de devastación. O los que creyeron que esa enfermedad nueva era una cosa española mientras los jóvenes del mundo morían a centenares en los cuarteles, y los no tan jóvenes lejos de ellos. O los que juzgaron que Hitler era un chalado vociferante –que lo era– y que por eso nunca alcanzaría el poder, para padecer solo veinte años después el segundo cataclismo de muerte y gas, propiciado por un loco al que obedecían millones de cuerdos. Si hubieran previsto lo que se les venía encima, hubieran pensado que no lo soportarían. Pero lo hicieron.

No es lo mismo, claro, pero es cierto que si alguien aquel marzo del confinamiento nos hubiera profetizado que, casi dos años después, estaríamos como estamos, nos hubiéramos sumido como poco en el estupor y como menos poco en la desesperación.

Aquí está ahora ómicron, con tilde y en minúscula, amenazando de nuevo después del sueño de una España estupenda y disciplinada, que qué bien lo hemos hecho comparados con los pretenciosos europeos, que hemos vencido al virus, como dicen ahora que dice Sánchez que hemos hecho con el volcán, aunque sea bulo. No sale gratis para el ánimo, la convivencia, la moral de país, la economía y la salud mental esta nueva caída en el desaliento. Dicen que ahora es más leve, que la sanidad no está tan colapsada, aunque lleva camino, que con las vacunas solo no vale, que el bicho sortea hasta las mascarillas. Y una intenta seguir viviendo el presente, con todo lo bueno que tiene, que es mucho, porque el futuro mata con su incertidumbre, aunque el cansancio apriete. Porque si hubiéramos previsto lo que se nos venía encima hubiéramos pensado que no lo soportaríamos. Pero lo haremos.

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