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Faro de Vigo

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DESDE MI ATALAYA

Manuel Torres

Historias locales, “os arroaces” (II)

Leopoldo Touza Casellas, otro “arroás” de significación, como músico dejaba bastante que desear y Solís retraerse cuando podía del trabajo de ensayo. Y cuando se trataba de hacerlo, inevitablemente la caña de su clarinete siempre iba floja. Supongan ustedes las broncas que su actitud acarrearía de aquellos beneméritos hombres que después de su jornada de trabajo, se reunían de noche, con gran sacrificio y no poco cansancio para ensayar, al ver echando por tierra todo su interés en estudiar una nueva pieza, que siempre estropeaba el pito del clarinete de Touza. Sin embargo, era Leopoldo Touza, hombre de cultura poco común en aquellos tiempos. Se hallaba suscrito al “Imparcial”, cuyos famosos lunes guardaba para releerlas, y a la “Ilustración española y americana”, y tenía muchos libros interesantes, y bien usados, de los que sus familiares aún conservan algunos. Tenia muy buenas amistades, y llegó a alcanzar una enorme popularidad. Solterón, independiente por todos los conceptos, mujeriego decente, si los hay, varonil y discretamente, buen consejero incansable y siempre dispuesto a la gratuidad de su trabajo, si era necesario. Un detalle de su popularidad: cuando llegaba el tiempo de Pascuas, entregaba un papel a su sobrino, don Secundino, el médico, y le dictaba: Fulano de Tal…pan, Zutano…. dulce, Mengano…, así hasta 79 ahijados. Todos los Leopoldo que aún perduran por el pueblo, son ahijados suyos. Conocía la vida de Marín con toda clase de detalles. Lo sabía todo. Pero era discretísimo. Si nos ponemos a contar lo que él sabía de Marín, lo que se puede contar, no acabaríamos nunca.

A raíz de nacer yo, dice don Secundino, se cantaba en Marín esta copla que era popularísima: “-Eres cafetera, -véndelo café, -ainda non ganache, -para un matiné, -que ese de color, -doucho un señorito, -de calle do Sol”. Cantar que, sirviendo de canción de cuna, algunas veces para alguno de mis hermanos pequeños, me quedó bien grabada. Pregunté muchas veces a mi tío sobre ella, que me contestó siempre con evasivas. Y como son las cosas, yo que tantas veces pregunté sobre quienes eran “La que vendía café” y el señorito de la calle del Sol, sin éxito, vine a saberlo, sin querer y atando dos o tres hilos sueltos, hace unos seis años. Escribía unas cartas que era un placer leerlas. Disponía de una redacción tan ordenada y de tal fuerza descriptiva, que ya la quisieran muchos universitarios. En una de ellas describe como Aboy, abuelo del actual Antonio Pena, escogió el ataúd en que debía ser enterrado. Llegó Aboy, como todos los días, a hacer una visita a Leopoldo, que tenía un taller de ataúdes en la Travesía de la Reina, frente la actual casa de Esperón (droguería). Este Aboy era hombre de gran estatura. Al llegar junto a Leopoldo exclamó: -Caramba, Leopoldo, que caja tan grande hiciste. -Si, por si acaso, respondió Leopoldo. -Casi quepo yo dentro, y recostándose en ella comprobó lo dicho, pues sobraba caja. A los tres días murió Aboy, y con gran pena de su viejo amigo, aquel ataúd que el probara en vida, sirvió para enterrarle.

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