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Faro de Vigo

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Ánxel Vence.

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Pronto hablaremos inglés

Algunos creíamos que se trataba de una exageración; pero va a ser verdad que la imposición del catalán (y del euskera y hasta del gallego) está afectando de grave manera a la salud del castellano. No hay más que ver la facilidad con la que hemos asumido conceptos como el del Black Friday o el Halloween, a los que acaso no tarde en unirse el Thanksgiving Day, para comprobar los letales efectos que están ocasionando ciertas políticas lingüísticas.

Lo curioso es que esas palabras, entre otras muchas, procedan en realidad del inglés, idioma imperial que España está adoptando con desenvoltura, aunque no sepamos hablarlo. De momento vamos por la fase del spanglish, pero todo llegará.

Ya no solo se trata de que los anglicismos preñen hasta hacerle un bombo al léxico de la lengua española con palabros tan sonoros como marketing, outsourcing, thriller, lockout y así hasta el infinito. Peor que eso, la penetración del inglés en su variante dialectal norteamericana afecta también a ese esqueleto de la lengua que es la sintaxis.

Se oyen y leen en los medios frases tan sorprendentes como que Fulanito “fue disparado”, cuando se quiere decir que a Fulanito le dispararon (un tiro, normalmente). Los únicos que salían disparados de un cañón eran los hombres bala en el circo de antaño, pero tampoco vamos a entrar en esas sutilezas.

“Los imperios tienen mala fama, pero mucho prestigio; no extraña que la gente admita la invasión de su lengua nativa por otra a la que adorna el poder”

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Los pronombres posesivos han tomado posesión del español al asalto. En los anuncios de la tele ya nadie se cuida los pies o el pelo. “Cuido mis pies”, dicen los figurantes para invitarnos al uso de una crema. “Mi pelo ha mejorado con el tratamiento”, afirman sin despeinarse aquellos a los que les luce el pelo. No hemos llegado aún al extremo de declarar que “mi cabeza me duele” en lugar de “me duele la cabeza”, pero quizá todo sea cuestión de tiempo.

También es mucha la gente que utiliza la expresión inglesa: “Mi nombre es Pepe” en lugar del más económico “Me llamo Pepe” de toda la vida. Y triunfa sin parar la costumbre de desearle a alguien “que tenga un buen día”, expresión más guay pero también más fatigosa y perifrástica que el tradicional: “Buenos días”.

Alarmados por estas y otras inundaciones del castellano por el inglés, los doctos académicos de la Lengua idearon años atrás una campaña publicitaria con trampa, en la que se ofrecían unas modernísimas gafas de sol dotadas de “blind effect”. Muchos las pidieron, ignorando probablemente que el “efecto ciego” –en español– no les iba a permitir ver cosa alguna en absoluto. Lo mismo ocurrió con un perfume bautizado como “Swine”, que sonaba de maravilla, pero en realidad alude al nada fragante cerdo.

Pretendían, en fin, los académicos, que los españoles empleasen, por ejemplo, el verbo “correr” como más breve y lógica alternativa a “hacer running”; o que la palabra “barato” reemplazase al ya imparable concepto de “low cost”. No hará falta recordar que el éxito de la iniciativa fue más bien escaso.

La explicación reside, probablemente, en que los imperios tienen mala fama, pero mucho prestigio. Su lengua participa de esa doble y algo paradójica condición, así que no sorprenderá que la gente admita la invasión de su lengua nativa por otra a la que adorna el poder. Pasó con el latín de la antigua Roma y seguramente ocurrirá lo mismo con el inglés del imperio americano. Al menos no habrá que aprender chino. Por ahora.

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