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Xaime Fandiño

LA ACERA VOLADA

Xaime Fandiño

José ...se ...se ...se ...se

Cuando finalicé mi formación de párvulos en la señorita Celia y entré en los Salesianos, don José Elías Sabaté Leonard era el profesor de la primera. Así se llamaba la clase con la que se iniciaba la formación en el colegio.

José ...se ...se ...se ...se

Don José, era un personaje singular, muy viejo a nuestros ojos y seglar, por lo que no vestía sotana como lo hacía el resto de los profesores. Usaba una especie de bonete negro con un pompón en la parte superior, similar al de San Juan Bosco. Cuando don José, transitaba por el patio, los niños del colegio nos acercábamos y le tocábamos la ropa diciendo “José ...se ...se ...se ...se”, nadie sabía de dónde venía esa costumbre, pero la cariñosa acción circulaba entre generaciones y, aunque no fueras ya su alumno, cuando te lo encontrabas repetías la retahíla y le acariciabas la chaqueta. En su aula los pupitres eran largos y corridos. Cada semana se movían los puestos en función de las calificaciones de cada persona. Los primeros eran para los que tenían las mejores notas y, a partir de ahí, se iba correlativamente hacia atrás en función de la puntuación de cada cual. El día del mes que correspondía con la fecha numérica de la festividad de María Auxiliadora, que era el 24 de Mayo, aparecía siempre detrás de una de las ventanas del aula, una gran bolsa de caramelos que repartía entre todos los alumnos.

Allí, el catecismo se aprendía de memoria y, para demostrar el conocimiento de las normas cristianas, se hacían equipos que establecían una pugna dialéctica con el fin de acertar de forma exacta las preguntas y respuestas catequísticas. El modus operandi consistía en hacer dos grupos: los rosas y los azules. Cada fila se ordenaba en función del conocimiento de sus componentes y cuando uno fallaba, continuaba el siguiente y así sucesivamente hasta que un grupo conseguía derrotar al otro. Un equipo preguntaba, por ejemplo: “¿Quién es Dios?” y el contrario tenía que contestar con el texto exacto, sin alterar un ápice la respuesta que aparecía en el catecismo. En este caso sería: “Dios es nuestro padre que está los cielos, creador y señor de todas las cosas, que premia a los buenos y castiga a los malos”. Pero realmente esta era una pregunta realmente fácil, había algunas complicadas como las de los pecados capitales, las bienaventuranzas y otras por el estilo que se las traían. La persona de cada equipo que tenía la palabra, se situaba al frente y detrás, en una fila, el resto de los miembros. Cuando te tocaba hacer de portavoz del grupo llevabas un báculo al estilo de bastón jacobeo, aunque un poco más alto. Su parte superior acababa en una especie de cruz sobre la que iba superpuesta una tela triangular, azul o rosa, según el equipo al que pertenecieras, junto a la imagen de la Auxiliadora. Cuando un alumno articulaba una pregunta del catecismo, aunque el báculo estaba vertical y apoyado en el suelo, lo movía hacia adelante como afirmación guerrera, lo mismo hacía el del equipo contrario en el momento de responder. En definitiva, en aquella clase, el conocimiento del catecismo se entendía como una cruenta batalla entre los rosas y los azules.

Allí, además de geografía, gramática, matemáticas y otras materias curriculares, aprendíamos poesías y canciones. Aún recuerdo hoy la oda que se le había hecho a la ciudad olívica y que todos recitábamos al unísono moviendo los brazos para matizar de forma quinésica lo que expresábamos a toda voz con nuestro aparato fonador. El texto decía así: “Vigo, grandioso puerto de Vigo orgullo de la nación, entre todos los del mundo sin disputa es el mejor, pues en la inmensa bahía un gran abrigo encontró, incomparable de noche y más cuando brilla el sol...” a continuación venía la parte doctrinal que cualquier escrito de la época solía contener: “...le rodea tal belleza que produce admiración y es que mirarte no puedo sin alabar al creador”.

Había también una asignatura denominada “urbanidad” que, si bien tenía un sesgo ideológico importante como correspondía a cualquier materia que no fuera puramente técnica, estaba dotada de cierta utilidad. En ella se explicaban temas de comportamiento social relacionados con el saber ser y estar. De hecho, creo que yo nunca fumé en mi vida debido a la influencia de un tétrico dibujo hecho a plumilla que aparecía en las páginas de ese manual. En la ilustración se veía a una persona enferma en la cama junto a un doctor que le auscultaba con su fonendoscopio y en el pié de la foto rezaba el siguiente texto: “Angina de pecho producida por el uso del tabaco”.

Un día, con el fin de intentar ser mayor, probé un cigarro de la marca Flor de Oro, el nombre prometía. Le di una calada y, además de sentir una extraña presión sobre los pulmones, el desagradable sabor de aquel pitillo me hizo correr hacia la fuente que había en la Ronda de don Bosco, frente a la Gota de Leche, y allí estuve lavando la boca durante media hora. A partir de ahí, cada vez que oía algo sobre echar un cigarrito, además de acordarme de la fallida experiencia iniciática en el universo de la nicotina, veía aquel tétrico dibujo del libro de urbanidad. Estoy seguro de que, el sabor primigenio de aquel humo, unido a esa ilustración, me salvaron de convertirme, cómo le sucedió a otros muchos compañeros en un fumador empedernido. Bendita urbanidad.

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