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Faro de Vigo

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DESDE MI ATALAYA

Manuel Torres

Un poco de historia, “os arroaces” (I)

De los archivos familiares, saco a la luz hoy, en este comentario semanal, una de las muchas misivas que se cruzaban, gracias a la amistad que tenían con el recordado médico, don Secundino Lorenzo Touza, que curiosamente se carteaba con mi familia, sobre todo con mi tío Manolo Torres, a pesar de que vivían en Marín, para decir mejor, el doctor vivía en Placeres. Era un hombre humilde y modesto, honesto y dadivoso, crítico y jocoso, pero todo lo decía con buen tono y con respeto, sin intención alguna de molestar, solo trataba de recordar anécdotas y hechos de aquel Marín de principios del siglo pasado. Con este mismo talante vamos a publicar una serie de misivas, que recuerdan al Marín de aquellos tiempos, y empezaremos por la historia de la Banda de los “Arroaces”.

“Este nombre de “arroaces”, fue impuesto por los “cantoarinenses”, a raíz de la escisión de la Banda de Música de Marín por la que se partió en dos grupos desiguales, siendo el menor el que cargó con el extrañó mote, que, como tantos otros, que salen de la inspiración del pueblo, son lanzados con una puntería infalible. Perro curioso es también el origen del término, extravagante, por cierto, de “cantoarinenses”, que se debe a un pastor evangélico, que a la sazón se hallaba en nuestra villa, realizando la propaganda religiosa importada de la Rubia Albión, pastor de pura raza anglosajona y por demás cumplido caballero, don Cecilio Hayle. Este enviado en una de sus arengas que constituían el fuerte de sus predicaciones, decía: “Dios salva a todos; los de Villagarcía, los de Carril, a los de Carreira, a los de Villajuan, a los de Loira, a los marinenses, a los “cantoarinenses”, a losa estribelenses y hasta a los negros de África” …

Del grupo que se motejaban “arroaces”, queremos entresacar algunos más significativos. Manuel Veiga merece, sin duda, ser citado en primer lugar. En efecto, era casi una personalidad dentro del arte. Buen clarinetista, cuando faltaba Ricardo Rosales, que escurría el bulto siempre que podía, y cuando antes de su división, era la banda de Música de Marín una buena banda de músicos, Manuel Veiga ocupaba el lugar de Ricardo Rosales, en la dirección del conjunto. Y alto, con su figura de austera humanidad, daba la entrada a los músicos blandiendo, en su diestra, a modo de batuta, un clarinete de color amarillo obscuro, que tenía en gran aprecio, y nadie osaba hacerle sonar sin atraer las iras de su dueño. Cuando el conjunto había entrado en la partitura, y se podía confiar en que no se producirían descarríos, nuestro Manuel Veiga se incorporaba a su puesto de clarinete primero y continuaba interpretando su papel, hasta que se daba fin a la pieza.

Este modo de dirigir era corriente en nuestra banda, pues huérfana de director, o por lo menos de quien quisiere soportar su oficio a la vista del público, el músico de más relieve debía suplirlo de la manera antedicha, pero reintegrándose seguidamente a ocupar su puesto para que no se resintiese la armonía del conjunto. Mas tarde, andando el tiempo, Sabino López que fue durante tantos años el único mantenedor de nuestra afición musical, enseñando música sin academia, sin métodos y hasta sin instrumentos, hacia lo mismo, dando la entrada a la banda con un significativo gesto ondulatorio de su bombardino, que era la salvación en los momentos difíciles, ahogando con su brillante sonoridad, las pifias de sus despistados compañeros.”

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