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Daniel Capó FdV

Las cuentas de la vida

Daniel Capó

Las vacunas no son suficientes

Plantearon un ejemplo: el cinturón de seguridad. Recoges tu coche en el taller. Lo acaban de revisar y de poner a punto: ruedas y pastillas de freno nuevas, filtros cambiados. Antes de arrancar, ajustas los retrovisores y te ciñes el cinturón. Luego, te lanzas a la carretera, que es como adentrarte en lo desconocido. El cinturón de seguridad y el vehículo en perfecto estado equivaldrían a la protección que ofrece la vacuna. ¿Es importante? Sí, mucho. ¿Resulta suficiente? No, en absoluto. Porque entran en juego también otros factores: algunos que puedes controlar –la velocidad a la que conduces, pongamos por caso– y otros que no.

Tampoco parecen suficientes las vacunas para volver a la normalidad, entendiendo por normalidad el modo de la vida anterior a la pandemia. La variante Delta resulta demasiado contagiosa y la enfermedad demasiado agresiva para que ello sea sencillo. Las vacunas han permitido reducir las cifras de mortalidad –todavía excesivamente altas– de un modo considerable, pero no suficiente. Al no ser esterilizantes, no impiden la transmisión ni la infección; si bien es cierto que, sobre todo en los primeros meses después de la vacunación, el contagio resulta inusual. Y, por otro lado, la enfermedad –y sus consecuencias a medio y largo plazo– dista aún de conocerse en toda su amplitud, ya que no sólo hablamos de fallecidos sino de una larga retahíla de secuelas, de mayor o menor gravedad, a las que se denomina COVID largo o Long Covid. No sólo esto, el colapso sanitario provocado por la pandemia dificulta el correcto tratamiento de otras patologías que se ven postergadas, a veces con fatales consecuencias. El problema asociado a un deterioro de la salud mental de muchos pacientes tampoco resulta algo baladí.

“Han logrado reducir las cifras de mortalidad, pero aún no es suficiente”

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Si la vacuna se hace necesaria pero no suficiente y los problemas asociados a la enfermedad son tan graves, ¿qué hacer?, ¿cómo actuar? Parece inevitable aprender a convivir con el virus en su fase aguda durante los próximos años (el inmunólogo estadounidense Michael Mina habla de al menos 24 meses más), hasta que se reduzca su agresividad, se adquiera mayor memoria inmunológica y los tratamientos mejoren. Pero convivir no significa bajar la guardia por completo ni pretender que el virus no existe. ¡Al contrario!, convivir significa trabajar activamente para minimizar el impacto del coronavirus sobre nuestra salud presente y futura. Vacunándonos por supuesto de forma regular, pero también insistiendo una y otra vez en la triada básica de las intervenciones no farmacológicas: ventilación cruzada en espacios cerrados, obligatoriedad de mascarillas en los mismos, y uso masivo y continuado de los test de antígenos para cortar rápidamente las cadenas infecciosas.

La relajación de cualquiera de estas tres medidas, por muy justificada que parezca, no hace sino incrementar el tamaño de las nuevas olas, que en Europa acaban de llegar –con una intensidad mayor de lo previsto– y que en España se anuncian de forma aún incipiente pero segura. Una ola mayor significa sencillamente más muertes, más secuelas directas e indirectas y mayores restricciones a la economía y a las libertades. No se trata de un escenario deseable, desde luego, pero sí inevitable con la llegada del frío, los puentes, las fiestas navideñas y el intenso anhelo de normalidad que nos consume. Estamos mejor que hace un año, pero aún lejos de recuperar una vida normal.

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