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Joaquín Rábago.

360 grados

Joaquín Rábago

El mundo árabe, en un callejón de difícil salida

Las llamadas “primaveras árabes” hicieron abrigar esperanzas a muchos de que por fin algunos de esos países pudieran abrirse a la democracia y la modernidad, esperanzas que se han visto, sin embargo, amargamente defraudadas.

La única excepción parecía ser Túnez y, sin embargo, tras diez años de gobierno democrático, su presidente, Kais Said, dio lo que equivale a un golpe de Estado al despedir a su Gobierno y suspender el Parlamento.

Sus críticos hablan de que el presidente tunecino trata de meter al país en el eje El Cairo, Riad y Abu Dabi, para quienes solo con gobiernos autoritarios, cuando no abiertamente dictatoriales, podrá combatirse el integrismo islamista.

En Sudán, los militares, que habían aceptado compartir el poder con los civiles, se negaron a entregar al primer ministro la presidencia del consejo de transición cuando tocaba y se hicieron con el control del país en medio de fuertes protestas populares.

En Egipto, el general Abdelfatah El-Sisi, que derrocó en 2013 al gobierno legalmente constituido de Mohamed Morsi, el primero democrático de ese país, estableció allí un Estado policial todavía más brutal que el que había caracterizado al régimen del anterior dictador Hosni Mubarak.

En Argelia, tras un breve período de una cierta apertura, los militares volvieron a cerrarse a la posibilidad de cambio, con la consecuencia de que cada vez más jóvenes tratan, desesperados, de salir de un país donde no alcanzan a ver futuro.

Irak no ha logrado levantar cabeza desde el derrocamiento de Sadam Husein por una coalición liderada por Estados Unidos en una intervención militar ilegal que dejó el país totalmente destrozado.

Siria sigue a su vez inmersa en una guerra civil que parece no va a encontrar nunca fin, y su unidad como nación, pese a la permanencia en el poder de Bashar al-Ásad, se vuelve cada vez más difícil.

"Las 'primaveras árabes' hicieron abrigar esperanzas a muchos de que por fin algunos de esos países pudieran abrirse a la democracia y la modernidad, esperanzas que se han visto amargamente defraudadas"

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Tras una desastrosa intervención occidental que acabó con el régimen del coronel Gadafi, Libia, también políticamente dividida, se ha convertido en el mayor centro de tráfico de seres humanos de todo el Magreb.

Las Fuerzas Armadas, que habían gozado de prestigio en muchos de esos países gracias a su heroico papel en las guerras de independencia y por la movilidad social que garantizaban, se han convertido en castas ineficientes y corruptas, incapaces de hacer frente a los nuevos desafíos.

Están por otro lado las monarquías feudales como la de Marruecos y sobre todo las del Golfo, con poblaciones que no dejan de crecer y por tanto cada vez más jóvenes y que, en el caso de las segundas, ven que la era de los combustibles fósiles va poco a poco tocando a su fin.

Arabia Saudí o los Emiratos Árabes Unidos han comenzado por ello a diversificar su industria y a despedir a muchos de los miles de inmigrantes, en su mayoría asiáticos, que constituían su fuerza de trabajo porque tienen que emplear también a sus propios jóvenes.

Añádase a todo ello los efectos del cambio climático con temperaturas cada vez más altas y muy por encima de la media global como la falta de lluvias y el incremento por tanto de las sequías, que afectará de modo considerable a la agricultura cuando cada vez son más las bocas a las que hay que alimentar.

El aumento del nivel de las aguas del mar Mediterráneo podría incluso llegar a inundar el delta del Nilo, donde vive la mitad de la población egipcia, lo que tendría consecuencias sin duda catastróficas.

Todo ello hace que Europa tenga que prepararse para nuevas oleadas migratorias del mundo árabe, lo que dará sin duda alas a los partidos de la extrema derecha populista si sus gobiernos democráticos son incapaces de canalizarlas y aprovechar su potencial para unos países cada vez más envejecidos.

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