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Xaime Fandiño

LA ACERA VOLADA

Xaime Fandiño

Un universo sonoro irrecuperable

Además del sonido de conversacional diario en las comidas y cenas que se sucedían en cada casa, la ciudad en aquel tiempo tenía también sus propios sonidos, como la nota pedal que producían los tranvías. Un rozamiento metálico constante de las ruedas contra las vías y del trole contra el tendido eléctrico con algún chispazo incluido. Realmente no se trataba de coches silenciosos, pero uno se acostumbraba a su ronroneo. Nací en Pi y Margall y mi habitación daba a la calle, por donde circulaban en doble vía la mayoría de las línea. O sea, desde que vi la luz crecí con su sintonía y nunca tuve problemas de insomnio por causa de aquellos coches electrificados. Más bien recuerdo que me preocupaba cuando se demoraba demasiado el paso de alguna unidad.

Ilustración: CHIMAY

Ilustración: CHIMAY

Mi amigo Manolo Botana me recordó el otro día sonidos como el de la pescantina con la patela sobre la cabeza con su voz cantarina vendiendo el producto: “rincha fresca”. Sí, la calle estaba llena de sonidos como la del chiflo de buxo del afilador, un artilugio de cuero que tenía más o menos la forma del tacón de un zapato, aunque más fino y estilizado. Funcionaba soplando a través de unos agujeros a la vez que se deslizaba entre los labios. Era una especie de armónica pero plana y sin la carcasa de metal. Con el sonido cromático del artilugio, el afilador alertaba de su presencia a los parroquianos en cada barrio. Como el chiflo era de fabricación casera, cada “afilador y paragüero”, que era el grito de guerra que emitían a viva voz estos operarios nómadas después de hacer sonar el artefacto, tenía su propia sintonía en función de la pericia personal en el arte de soplar aquel matraquillo. Una vez solicitado el servicio de afilado de cuchillos o la reparación de utensilios de cocina y paraguas, el hombre se apostaba en un lado de la acera, montaba el tenderete y se ponía a la faena con toda la maquinaria. Ahí comenzaba otra sinfonía más ruidosa, la del giro de la rueda acompañado por el sonido agudo y metálico de la fricción chisporroteante que provocaban los cuchillos al rozar contra la piedra de afilar.

Simultáneamente, en el puerto los barcos hacían sonar sus sirenas para anunciar su salida o atraque. Cada uno tenía su propio silbato, que iba desde el potente, grave y profundo de los trasatlánticos apostados en la estación marítima, a los más agudos y menos intensos de las modestas embarcaciones del puerto pesquero conocidas como: vacas, bous, parejas o palometeros. Pero sí había unos pitidos con cadencia conocida, eran los tres que lanzaba el transporte de ría, el barco de Cangas, desde el muelle de la zona del Náutico antes de iniciar su singladura.

Con la sinfonía sonora portuaria competían las fábricas con sus sirenas para indicar a sus empleados que comenzaba o finalizaba la jornada laboral. Con ese grito de llamada las industrias hacían partícipe a toda la ciudad de su vigor y compromiso con el desarrollo y con su gente. Finalmente, aunque hay muchos más sonidos que relatar y que seguro se quedan en el tintero, como aquel de “miel de Alcarria, buena miel”, las campanas de las diferentes iglesias llamando al culto o simplemente festejando eran otra de las fuentes sonoras que nos avisaban de cosas. Conocíamos su código, una especie de morse con puntos y rayas pero en sonido de campana. Así, en cada torre solía haber siempre más de una y cada cual tenía su propio cometido. El formato y tamaño definían su sonoridad. La más grande era siempre la más grave y las de menores dimensiones, en función de su tamaño, tenían su espectro sonoro situado dentro de las frecuencias más agudas. Desde una óptica musical, si comparamos las campanas con las piezas de una batería, la grande vendría a ser algo así como el bombo y las más pequeñas, en orden decreciente y por su altura sonora en el nivel de graves, estarían conformadas por el timbal, la timbaleta o la caja. Cuando la campana grande daba golpes tenidos mientras la pequeña repicaba, a ese conjunto sonoro se le consideraba que estaba haciendo la llamada alegre, solemne y festiva para un oficio religioso. Esta conjunción sonora multicampana, finalizaba con uno, dos o tres golpes en solitario de la campana grave que remitían temporalmente a la proximidad del comienzo del oficio. Tres golpes finales, después del repicado, significaba que el acto comenzaba de inmediato. Había otros códigos, por ejemplo la llamada a difuntos. Se hacía solo con la campana grande, con golpes únicos y con una cadencia temporal muy espaciada.

Recuerdo aún hoy como me encantaba subir al campanario de San Francisco y hacer sonar las campanas. Con la mano derecha la pequeña a corcheas y con la izquierda la grande a negras. Lo más alucinante de estar en un campanario es que, cuando el badajo toca con el metal, el sonido que se produce en el pequeño habitáculo es de tal intensidad que al intentar hablar, por mucho que uno grite, no se oyen las palabras. Es una experiencia única. Se ve como la persona mueve la boca pero allí no hay más sonido que el de las campanas.

Más tarde llegó a nuestras vidas otro sonido que también ayudó a definir la melodía de la ciudad. El del carillón de la Caja de Ahorros, un artefacto electrónico programado que nos cantaba el ángelus a las doce de la mañana y otras melodías a lo largo del día. Pero ese era ya otro cantar.

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