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Antonio Touriño

Mirador de lobeira

Antonio Touriño

Avalanchas en los cementerios

¡Qué pronto se olvidan los malos momentos! Hace solo un año se hablaba de las almendras y los cierres perimetrales, se clausuraban aulas por contagios, las terrazas servían en mesas alternas y nadie osaba quitarse la mascarilla en público, sin olvidar todo un rosario de normas que afectaban a todas las almas. Triste resultó la efemérides que limitó el acceso a los cementerios, con dosificadores de hidrogel en las entradas, restringidos horarios y diseño de planos para recorrer esos lugares civiles o sagrados, en los que reposan eternamente nuestros seres queridos, sin empellones.

En esta ocasión se hará la vista gorda pues ¿quién se va a atrever a poner límites cuando apetece generar la sensación de que se superó la crisis? Volverán, parece ser las avalanchas..., aunque claro también se permite el botellón y las discotecas abren hasta las cinco de la mañana.

Se impone una preocupante normalidad en pleno mes de Difuntos, en un año que ha sido terrible para muchas familias que han llorado a solas, aquellas que ni siquiera han podido descargar sus lágrimas, su pena, su grandísima tristeza sobre el hombro de nadie, pero que este fin de semana, se encontrarán con una multitud en las desperdigadas y recónditas necrópolis de la comarca.

¡Que paradojas de la vida y de la muerte! Nadie y todos a la vez en ese íntimo espacio, porque de pronto parece que el riesgo se ha volatilizado, como si fuera necesario rendir un homenaje tan multitudinario, tan de fiesta, a los que ya no están, por COVID o sin él..., que de todo ha habido.

Pero hoy no va a ser fácil para algunos acercarse a esa sepultura a la que hace solo unos meses se llegó en la más triste soledad, con la compañía del círculo más íntimo, suficiente para sujetarse entre ellos sin desplomarse de la pena. Más para soportar el duro trance que para llorar pues para eso queda ya toda una eternidad.

Es necesario recuperar la memoria, recordar a aquellos ocho residentes de Ribadumia que ya no están, a aquellos que se han contagiado en su viaje a Benidorm y ya nunca volverán a bailar Los Pajaritos, a los que fueron un día a trabajar en la avícola y han dejado una pequeña pensión como único alivio para la familia.

Pero también para aquellos que acabaron en casa su intensa y cariñosa vida, los que sufrieron accidentes y tampoco han podido contarlo un año más, los niños que han sido incapaces de superar una larga enfermedad. Y tantos, tantos otros que el duro 2020 y este 2021 han engrosado esa luctuosa lista del Registro.

Seguro que los cementerios estarán floridos, cual si fuera mayo con crisantemos de Holanda o begonias y orquídeas tropicales, un poco de color que suavice el gris de la eternidad más fría.

Pero, ojalá esta permisividad no sea solo un espejismo y que la muchedumbre vuelva a causar el desastre y el desasosiego. Esta semana la incidencia ha vuelto a subir. Va despacio, muy poco a poco, sigilosa, con toda la calma, como a traición... De ahí que convenga seguir en alerta, guardar las mismas precauciones y evitar aglomeraciones innecesarias en estos momentos de nueva incertidumbre en los que todavía se desconoce la efectividad de la vacunación, aunque muchos se sientan inmunizados. Y todo para que el próximo año, sino este mismo, las estadísticas y la economía de las funerarias no sigan creciendo como marcan los vectores que asoman.

Conviene llamar a la prudencia. Es tiempo para llorar, para acordarse de los que nos han arropado hasta el último segundo pero, en estos momentos, sobra la fiesta.

Una rosa basta ¡ojalá llueva!

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