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Juan José Millás.

El trasluz

Juan José Millás

Arrepiéntete de tu vida

Percibí enseguida la hostilidad de aquella habitación de hotel, la 535. Al dar las luces, todos los muebles se volvieron hacia mí con odio, como si los hubiera interrumpido copulando o en medio de una conversación íntima. Me miraron mal las mesillas de noche y el cabecero de la cama, lo mismo que la única silla y la única butaca y el flexo que reposaba sobre la mesita del fondo.

¡Cuidado!, pensé. ¡Cuidado!, dije luego en voz alta, esto es una de esas crisis paranoicas o delirios de persecución a los que eres tan dado, Juanjo. Nada hay en esta habitación, la 535, que tenga razones para odiarte. Tú te odias, te odias y no puedes evitar la atribución de ese odio a cuanto te rodea.

Deshice la maleta, en fin, y al abrir el armario para colgar la chaqueta, vi que, de su fondo, surgían borbotones de odio, grumos de rencor semejantes a los que ya había recibido por parte del mobiliario. No era mi odio, pues, era el odio de la 535, piso quinto, al fondo a la derecha, muy cerca de la salida de emergencia. Telefoneé a recepción para que me cambiaran de habitación, pero no era posible porque el hotel estaba lleno, me dijeron, pues había un congreso de médicos forenses.

Decidí entonces darme una ducha, tal vez eso lograra despejarme y mitigar el sentimiento de persecución del que era víctima. Pero, al abrir la puerta del baño, el sumidero del bidé silbó frunciendo increíblemente su boca redonda y de acero. Y el sumidero del lavabo me abucheó mientras la alcachofa de la ducha, por sus innumerables agujeros, lanzaba risotadas de desprecio. Cerré apresuradamente la puerta para regresar al dormitorio donde, sentado en el borde de la cama, pregunté a los objetos y a los muebles qué querían de mí, qué podía hacer para aplacar su ira.

Arrepiéntete –me dijeron.

–Arrepentirme, de qué –pregunté yo.

–De tu vida, arrepiéntete de tu vida –exclamaron.

Me arrepentí sin dificultades de mi vida y las cosas regresaron a su condición de objetos inertes. De todos modos, dormí mal, y ahora, en el tren de vuelta a casa, intento pensar en el suceso como en una mala jugada de la imaginación. Pero su calidad de real, lo juro, resultó extraordinaria.

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