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Juan Carlos Laviana.

¿Ser asistenta o jugar al calamar?

Mientras los políticos resuelven la reforma laboral y la Ley de Formación Profesional, los jóvenes siguen parados

¿Estudias o trabajas? Era la pregunta recurrente de los jóvenes de finales del siglo pasado para entablar relación con otras personas. Esa pregunta quedó obsoleta en el momento en que la gran mayoría optó por la llamada educación superior. No hacía falta preguntar, porque ya se sabía la respuesta: estudio. En el Instituto de El Entrego, de la promoción del tan simbólico año 1975, solo unos pocos privilegiados llegamos a la universidad. Eso sí, muchos más que en la generación anterior.

La universidad era un lujo, no tanto por el coste como por la urgencia de contribuir a la economía familiar y por un ansia de independencia. Así que la mayoría siguió la vía rápida y optó directamente por trabajar. Se convirtieron en aprendices de un oficio que no se estudiaba, más allá de las Universidades Laborales, sino que se iba transmitiendo de los más veteranos a los más bisoños. Visto desde hoy, se puede decir que a unos y a otros nos ha ido bastante bien.

Más de cuarenta años después, en los institutos la situación es justo al revés. Todos prefieren estudiar sin saber muy bien para qué, probablemente para ganar tiempo a la espera de una situación más favorable que no acaba de llegar. Además y a pesar de los pesares, las economías de la clase media están más saneadas y la urgencia por independizarse ha desaparecido.

Esta sociedad ha olvidado que ir a la universidad no es un fin en sí mismo, sino una preparación para acabar ejerciendo una profesión en la que emplear los saberes adquiridos. Un camino no muy distinto y sin mejores expectativas que la formación profesional. Sin embargo, en las aulas del Bachillerato de hoy, optar por la educación técnica sigue estando mal visto. Se considera la opción de los torpes.

Y aquí estamos, pasadas cuatro décadas, sin un modelo educativo ni laboral eficiente. Seguimos empantanados en las discusiones políticas de la reforma laboral, ocupados en disputas bizantinas que hasta pueden dinamitar la coalición de Gobierno. No se habla del contenido de la reforma y cómo va a afectar a los trabajadores. Solo de las diferencias políticas entre los ministros. La política no puede ser un freno para el mayor problema de este país: el paro.

“No se habla del contenido de la reforma laboral y cómo va a afectar a los trabajadores. Solo de las diferencias políticas entre los ministros. La política no puede ser un freno para el mayor problema de este país: el paro”

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La buena noticia, de la que por supuesto apenas se habla, es que parece que esta vez sí va a salir adelante la Ley de la Formación Profesional. Al menos, no se aprecia mucho debate al respecto. Ojalá llegue a tiempo para frenar esa lacra de tener al 40 por ciento de los jóvenes en paro y consiga que esta opción deje de estar estigmatizada.

Es incomprensible que en el país con mayor paro de Europa, los empresarios se quejen de falta de mano de obra cualificada. La construcción, el transporte, el turismo, la hostelería son algunos de los sectores que no consiguen atraer a trabajadores. Se dice que las condiciones no son atractivas y que los contratos son precarios. Lo cierto es que hay un desajuste entre la oferta y la demanda. Y si el mercado no se ajusta solo, como parece, alguien tendrá que ajustarlo.

Las series, que se han convertido hoy en el retrato más popular de la sociedad, nos ilustran sobre el problema. Se habla mucho de la coreana El juego del calamar, que nos presenta a los desperdicios humanos de la sociedad capitalista en una lucha mortal por salir de la miseria: ludópatas, delincuentes, emigrantes, que se han quedado en la cuneta y combaten para encontrar, a través del dinero, un hueco en la sociedad. La clarividente conclusión es que el dinero –como la lotería– no es la salida.

Hay otra serie, mucho más edificante y de la que se habla mucho menos: la norteamericana La asistenta. Es la historia de una joven madre que para conseguir su independencia, salir de la miseria, de los malos tratos y romper el círculo de explotación, se dedica a limpiar casas. Está inspirada en la autobiografía de Stephanie Land, quien fue escribiendo sus experiencias primero en un bloc, luego en un blog y, más tarde, en el “New York Times”. Acabó rompiendo el círculo. “Trabajo duro, poco salario y el deseo de una madre de sobrevivir” es el ilustrativo subtítulo. Probablemente sea un relato iluso, una excepción, pero es la única forma de abrirse camino en la vida sin depender de nadie, sin esperar a que el Estado venga a casa a ofrecernos un futuro.

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