En 2019, el gobierno de coalición PSOE-UP puso el salario mínimo como uno de los temas clave de su agenda política. Hasta entonces, el posibilismo de Mariano Rajoy se había movido en un complicado galimatías que ligaba el incremento de la productividad, el crecimiento del PIB y otras variables para al fin condescender a dejar algunas migajas con que disimular la inanidad de su política laboral.

La impronta en el Gobierno de la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, ha acelerado la curva ascendente del salario mínimo interprofesional. Sindicatos, empresarios y el mismo PSOE parecieron cogidos a contrapié por el firme golpe de remo de la vicepresidenta ferrolana, esa esperanza de la izquierda global. Pasar de los 735,9 euros en 2018 a los 965 euros en 2022, un incremento del 31%, no ha sido un camino sencillo ni pacífico.

Más allá del empresariado y el ala más convencional del PSOE (Nadia Calviño o Fernández Vara, presidente de Extremadura), el impulso al salario mínimo en España ha tenido enfrente, como señalado ariete, al gobernador del Banco de España, Pablo Hernández de Cos. Aún sin la evidencia empírica debida, el gobernador no dejó pasar apenas unos pocos meses para cuestionar las expectativas abiertas por la iniciativa. Habló de impacto negativo entre los trabajadores con menores salarios; adelantó la pérdida de entre 95.000 y 172.000 puestos de trabajo y reiteró las llamadas a la prudencia, a contracorriente de todas las medidas antirrecesivas y de reactivación adoptadas desde Europa.

Ahora, la Academia Sueca de las Ciencias ha otorgado el Premio Nobel de Economía a David Card (1956), profesor en Berkeley, por sus investigaciones sobre el impacto del salario mínimo en el empleo. Los trabajos de Card, siempre basados en observaciones tomadas sobre el terreno, han demostrado que el aumento del salario mínimo no se traduce en reducción de puestos trabajo. El economista canadiense no es un recién llegado. A lo largo de los años ha dejado observaciones dignas de atención: “El salario real de los que están peor pagados no ha crecido en 15 años” o “la ganancia se redistribuye cada vez más hacia el 10% con más ingresos” y, para cerrar, “las familias con más bajos ingresos están más alejadas de la política”. Tengo la impresión de que el premio –siempre tan políticamente correcto– se lo han dado, en realidad, al salario mínimo.

*Economista