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Ánxel Vence.

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Cuando el turismo tiene morbo

Aplicada a las labores propias de su cargo, la ministra de Turismo quiso promover, en un principio, la arribada de viajeros a La Palma para que contemplasen el espectáculo de la erupción de un volcán. No hubo mala intención.

Con la imagen de las casas devoradas por la lava todavía en la retina de los televidentes, no parecía aquel el momento más adecuado para hacer planes de arrastre de los guiris –y de los nacionales– a la isla, cierto es. De ahí que no todos entendiesen muy bien la campaña improvisada por la ministra en un primer momento.

Si no para otra cosa, la invitación de Reyes Maroto a contemplar la función volcánica sirvió como recordatorio de la existencia de un Ministerio de Turismo, departamento de aroma antiguo que evoca a Fraga, las suecas, los paradores y las películas de Paco Martínez Soria y Alfredo Landa.

Verdad es que, siendo mucha, la catástrofe no había cobrado aún la aterradora magnitud que iría adquiriendo con el paso de los días y las semanas; pero tampoco es cosa de pedir prudencia y contención de lengua a un político con mando en plaza.

Lo que la voluntariosa Maroto parecía impulsar, incluso sin proponérselo, es la variante del turismo de desastres que tanto cautiva a los morbosos. No hay más que ver a esos visitantes del campo de concentración de Auschwitz que no dudan en hacerse sonrientes selfis ante los crematorios de cadáveres.

Con las casas devoradas por la lava aún en la retina, no pareció el momento para que la ministra Reyes Maroto arrastrara a visitantes a la isla

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Sin llegar a tales extremos, las grandes devastaciones más o menos naturales siempre han tenido su público. Las mareas negras, por ejemplo; y en especial la última del ‘Prestige’, suelen tener cierta oscura belleza plástica, aunque a nadie se le haya ocurrido montar tours por los lugares más afectados. Bien al contrario, aquella catástrofe ambiental desató una ola de solidaridad muy notable y nada morbosa.

No ocurre lo mismo con otras desgracias peores. Son millones los visitantes que recibe cada año Hiroshima, la ciudad japonesa que alcanzó una indeseada celebridad por ser su vecindario la víctima de la primera bomba atómica.

Se organizan, igualmente, excursiones a la central nuclear de Chernóbil para contemplar los efectos del accidente que vació de población esa ciudad ucraniana, en el mayor desastre medioambiental de la historia. Por cuatrocientos euros, que no es dinero, el tour incluye guía, traje contra la radiación y un contador Geiger para medirla.

Algunos campos nazis de exterminio atraen también hasta dos millones de visitantes cada año. Y casi ningún turista deja de incluir en su viaje a Nueva York la visita a la zona cero donde en su día estuvieron las torres gemelas. El morbo, esa atracción enfermiza que ejercen las catástrofes sobre algunos, no para de fomentar el llamado turismo negro. Hay gente para todo.

Claro está que, en general, esos son escenarios de sucesos del pasado, por dramáticos que resultasen sus efectos. Otra cuestión, sin duda más novedosa, es pretender que los turistas acudan a ver en vivo y en directo la erupción de un volcán como el de La Palma, que tanta ruina está sembrando.

Aunque el turismo es un gran invento, quizá no convenga ir tan lejos. Fraga, que casi fue su inventor en España, se limitó a llenar el país de paradores y las playas de suecas en bikini. Ni siquiera él, a pesar de su reputado temperamento volcánico, hubiera caído probablemente en la fascinación del turismo de espectáculo.

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