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Joaquín Rábago.

360 grados

Joaquín Rábago

Trabajar como chinos

“Trabajar como un chino”, se decía antes, y tal vez no sea hoy una expresión políticamente correcta, pero que sirve para describir las condiciones laborales en muchas empresas del gigante comunista/capitalista asiático.

Empresas como Ali Baba, equivalente chino de Amazon, y que aplica el principio conocido como “9-9-6”, lo cual significa que sus empleados trabajan de nueve de la mañana a nueve de la noche, seis días a la semana.

Jack Ma, fundador de esa empresa, que despacha mientras tanto más mercancías que Amazon y Ebay juntas, declaró en cierta ocasión a la revista “Manager” que no le interesan quienes se niegan a trabajar más de ocho horas diarias.

Ma, a quien la revista económica estadounidense “Forbes” le atribuye una fortuna personal de 48.400 millones de dólares, no es solo un empresario explotador de sus empleados, sino al mismo tiempo miembro del Partido Comunista Chino.

En 2018, cuando se cumplieron cuarenta años de la recapitalización del país comunista emprendida por Deng Xiapong, el 'Diario del Pueblo' incluyó a Ma en una lista de cien personas homenajeadas por su contribución a la política de apertura y reformas del PCCh.

Es cierto que a comienzos de este año, Ma cayó en desgracia después de que las autoridades comunistas abriesen una investigación antimonopolio contra su poderosa compañía de comercio electrónico y sus compatriotas le tacharan de “villano” y “capitalista malvado”.

Pero, como señaló el periodista alemán Jörg Kronauer, autor del libro “Der Rivale”, dedicado a ese país, esas maniobras contra Ali Baba y otras empresas del comercio electrónico, del sector de los juegos “online” o los “chats” son parte de una apuesta de las autoridades a favor de otras tecnologías estratégicas como la producción de semiconductores para no tener que depender en un futuro de Estados Unidos.

Es decir que se trata de crear las condiciones más favorables para que el capital nacional pueda competir con éxito con la superpotencia.

Según Anton Stengl, autor del libro de reciente publicación en alemán “El nuevo imperialismo de China”, hay actualmente en ese país 800 multimillonarios.

Al mismo tiempo, el salario mínimo es allí de entre 145 y 285 euros mensuales mientras que los ingresos medios de los trabajadores es de 840 euros en un país en el que la jornada laboral puede superar las diez horas, con solo un día libre cada dos semanas.

Por lo que respecta a la población rural, es significativo un artículo publicado por el primer ministro chino Li Keqiang, en el diario económico alemán “Handelsblatt” según el cual la renta anual disponible de cerca de 600 millones de campesinos de ese país no llegaba el año 2018 a los 2.000 euros.

El “modelo chino de acumulación del capital” se basa en “la expropiación y proletarización” de amplios sectores de la población campesina que acude a trabajar de una ciudad a otra en condiciones casi siempre miserables.

Los capitalistas chinos pudieron beneficiarse del enorme aflujo de mano de obra barata procedente del campo, lo que los convirtió en sólo unos años en multimillonarios.

Las empresas pudieron pagar salarios ínfimos, muy por debajo de los “costes de reproducción” (Karl Marx) exigibles en la ciudad porque los trabajadores alimentaban con ellos a sus familias, que viven en el campo.

Según Stengl, los trabajadores ambulantes representan entre un 20 y un 30 por ciento de la mano de obra china aunque, según otras fuentes, pueden llegar a un 40 por ciento.

Esos trabajadores no tienen acceso, por ejemplo, al sistema público de salud ni a la formación profesional, y sus hijos suelen quedarse en el campo con los abuelos.

Mientras tanto, como señala Peer Heinelt en la revista alemana de izquierdas “Konkret”, el capital chino se expande por el globo gracias a iniciativas como la Nueva Ruta de la Seda, gigantesco proyecto de infraestructuras al que se han sumado 138 países y 29 organizaciones internacionales mediante acuerdos bilaterales de cooperación con Pekín.

Según Stengl, las empresas chinas introducen, por ejemplo, en África modernas tecnologías que abaratan fuertemente los precios de los productos y dan al traste con la competencia de los productores locales. Se trata, pues, muchas veces de un regalo envenenado.

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