Francisco Rico, filólogo y académico de la Lengua Española, publica en las páginas de opinión de “El País” un artículo sobre la lectura (buena o mala) de los clásicos españoles. Ni que decir tiene (él es una reconocida autoridad en la materia) que la lectura que recomienda es la buena, es decir, aquella que va acompañada de las correspondientes notas y aclaraciones, al objeto de hacer más comprensibles los textos pretéritos. “Hay pasajes –dice– que el lector de hoy, incluso el mejor aficionado a la lectura, no puede descifrar si no es con la muleta de una glosa, con la explicación de un filólogo. Nos engañamos los profesores cuando exhortamos sin más a frecuentar los clásicos, sin insistir en que se haga en una edición con aclaraciones solventes, a riesgo de no entender o malentender muchos momentos”. Y a continuación pone algunos ejemplos de lo que predica reproduciendo algunos pasajes del Cantar de Mío Cid, del Libro de buen amor, de El Quijote, de Luces de bohemia y de la Epístola moral a Fabio. Del primero de los citados señala el error en que incurrió Federico García Lorca al interpretar este par de versos del cantar cideano:

“Apriesa cantan los gallos e quieren quebrar albores”.

El genial poeta granadino creyó –escribe Rico– que el sujeto de “quieren” eran los “gallos” cuando de hecho se enfrentaba a una perífrasis verbal de lo más común, donde “quieren” denota el comienzo de un proceso y “quebrar” equivale a irrumpir o hacerse presente. Y de esa potente imagen previa se alimenta esta otra en el lorquiano Romance de la pena negra que el universal Federico nos regala para la posteridad:

“Las piquetas de los gallos cavan buscando la aurora”

“No hay mal que por bien no venga”, se consuela Rico al dar por concluido el artículo publicado en “El País”.

La fabricación de imágenes literarias a partir de otras anteriores aunque expresadas con distintas (o parecidas) palabras es una técnica tan legítima como difícil. Todo esto me trae a la memoria lo que nos explicó en clase hace muchísimos años (tantos que da vergüenza contarlos) un querido profesor, Luis Seoane Rico, condueño junto con su hermano Carlos, Miguel González Garcés, Gumersindo Rey de Castro y otros del Colegio Academia Galicia, un islote de laicidad entre la predominante (y agobiante) enseñanza religiosa. Y los mismos ejemplos que pone ahora Francisco Rico en su artículo ya nos los había ofrecido Luis Seoane en clase. Fue un gran educador y sabía hacer amenos los estudios. Su hijo Luis es actualmente magistrado en el Tribunal Supremo.