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¿Es grave pecado el baile agarrado? La pregunta, si no yerro, se la hacía en el año 1949 el padre Jeremías de las Sagradas Espinas –nombre de guerra santo, cabe suponer, pero no he dado con el civil– y la respuesta era, cómo no, afirmativa. El teólogo metido a analista de cercanías englobaba al vals, la polka, la mazurka (sic), el galop, el cotillón y el tango entre las prácticas de lujuria que convierten en innecesarias las casas de prostitución.

Imagino que el irascible sacerdote, si aún vive –cosa que le deseo–, habrá acogido con alborozo la decisión de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, seguida luego de forma general, que permite la reapertura de las discotecas de la capital de España y demás villas de la provincia siempre que a la hora del baile se lleve puesta la mascarilla y se respete la distancia de seguridad. Aunque sea harto dudoso que de tal suerte se eviten los contagios, sí que impidiendo el modo tangendi –padre Jeremías dixitse vela por la pureza de las costumbres y se mantiene hasta cierto punto el pudor. Porque aunque el libro del sacerdote de las Sagradas Espinas no hace alusión a los contoneos por separado, seguro que también habría visto en los actuales la huella del demonio. Ya se sabe: dirty dancing.

Pero, ¡ay!, no nos preocupa en nuestros días tanto como debería la salvación del alma, postergada como queda por el reto de las estadísticas. A día 6 de octubre, es decir, cuando la presidenta convocaba a la prensa, la incidencia acumulada del COVID-19 alcanzaba en la Comunidad de Madrid 892.668 casos con 16.133 muertos. Eso sí, a finales del mes pasado las nuevas infecciones detectadas habían bajado a 43 por cada 100.000 habitantes en toda España y aunque en Madrid subían un pelín más, hasta las 45, lo peor de la pandemia parece quedar atrás. Hora es, por tanto, de recuperar los ocios y los negocios. Con una duda latente. Es obvio que son las vacunaciones masivas las que han conseguido contener la amenaza del coronavirus, pero ¿qué sucede con los negacionistas, los perezosos y los inconscientes?

Más de cuatro millones de personas no han recibido en España, por las razones que sean, ni una sola dosis de cualquiera de las vacunas que existen contra el COVID-19. Como las estadísticas no son capaces de descender –por definición– hasta el detalle individual, resulta imposible detallar los tramos de edad de esos ciudadanos no inmunizados; solo se sabe que son en gran parte quienes siguen llenando las UCI de los hospitales. Y no hay que dar demasiadas vueltas mentales para entender que un porcentaje significativo de quienes, por no estar vacunados, suponen un peligro, querrán ir a las discotecas. Incluso en Madrid. Pecado, no sé, pero riesgo para la salud del cuerpo vaya si lo hay.

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