“Vigo se siente como la salchicha fresca dentro de una francesinha, con un aeropuerto miserable, que aprovechó que hay un señor americano en Lisboa con aviones de hélice parados y los puede enviar a ese miserable aeropuerto que tienen allí”. Estas palabras de 2016, pronunciadas por el alcalde de Oporto, Rui Moreira, fueron un estocazo a las relaciones con Vigo. Un símil afilado que, visto en perspectiva, se parece ahora más a una parábola. Porque es evidente que, con las estrategias de los Gobiernos de Madrid y Lisboa –o la falta de ellas en el caso gallego–, a Vigo le están haciendo la cama. O un sandwich, como el plato típico portuense. Como aventuró, sin quererlo, un iracundo Moreira.

La primera ciudad de Galicia ve cómo prosperan los planes de Portugal por arrebatarle inversiones, turismo o tráficos, con un proyecto en Leixões que amenaza con mermar drásticamente el pulmón del puerto de Vigo. Lo observa mientras el Estado sigue enterrando millones en el puerto exterior de A Coruña, que tendrá ahora hasta 2035 para empezar a repagar su deuda, y la conecta con Madrid previo paso por Santiago. Con un aeropuerto, el de Sá Carneiro, que pronto estará conectado por una línea de ferrocarril que Lisboa prevé prolongar por la fachada atlántica. Es lógico que los lusos miren al norte, a un área funcional y económica de más de medio millón de personas, un PIB de 12.700 millones de euros y con el principal resorte exportador del norte de la Península. Lo ilógico es que, cinco años después, se apriete a Vigo como una francesinha por incomparecencia de respuestas.