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Alberto Barciela

La Palma, el renacer del humanismo

La desaparición es la del paisaje, la del entorno y la de las cosas. Es cierto, los humanos perdemos mucho al extraviar los recuerdos tangibles de la infancia, los que nos permitieron crecer en familia hasta hacernos comunidad. La lava se regodea con su propia amenaza hasta alcanzar la plenitud de la transformación total, tras desbaratar la calma, la serenidad. Todo parece haberse derrumbado con cada casa de Todoque, en el simbólico caer de la torre de su iglesia, en la desaparición de un cementerio bajo un manto de ceniza, en las plataneras desaparecidas. Las pías campanas han sonado de manera definitiva junto al estrépito de creencias en dioses que afortunadamente ya no exigen sacrificios humanos, pero que tampoco se han mostrado, al menos esta vez, propicios al milagro.

La Palma es más que una metáfora, sigue siendo un símbolo del paraíso habitable, del vergel escalonado, serpenteante. Es fácil comprender que los humanos optasen por asentarse allí aun conocedores de que lo hacían sobre un peligro. Escogieron la generosidad de paisajes extraordinarios, climas dulces, tierras fértiles, mares fabulosos, recodos de privacidad y convivencia. Confiaron en que Cumbre Vieja les sería fiel y confirmaría tanto esplendor por mucho tiempo. No pensaron en que el volcán despertaría para acabar en días con los logros de esfuerzos individuales y colectivos de décadas. Ahora se han visto obligados a alejarse de su hábitat de proximidad, arrojados sin piedad de sus hogares.

"Lo que más precisan es afecto, cariño, entendimiento. Han de saber que lo tienen y que permanecerá hasta su renacer económico y social, cuando las cámaras ya no estén"

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Mientras humean nuestros corazones y crepitan los sentimientos, es hora de reconocer el ejemplar comportamiento de los profesionales. En ellos reside la confianza en las personas. Detrás de cada catástrofe se encuentra la capacidad humana, el ejemplo solidario de fuerzas de seguridad: vulcanólogos, policías, Guardia Civil, ejército –UME–; sanitarios, miembros de Protección Civil, Cruz Roja u otras ONG, transportistas, comunicadores, voluntarios, anónimos ciudadanos, funcionarios e, incluso, de unos políticos que tras dramas naturales como el de La Palma saben fehacientemente que hay que pisar el terreno y que el consenso es posible. En un exigente mundo global en el que se evidencian abundantes inepcias, inopias e idiocias, por fortuna se imponen actitudes ejemplares.

Somos humanos. Necesitamos las fotos de nuestros niños, el abrazo de los vecinos, la atención a la experiencia de nuestros mayores, sensibilidad y comprensión con los débiles. Los habitantes de La Palma pueden urgir muchas cosas: casas, ordenadores, colchones, cuadros, fotografías, animales domésticos, cultivos... Es seguro que lo que más precisan es afecto, cariño, entendimiento. Han de saber que lo tienen y que permanecerá hasta su renacer económico y social, cuando las cámaras ya no estén.

Horacio nos alentó a recordar que en los momentos graves se necesita una mente serena. La historia actual se presenta de manera creciente como una carrera entre la educación, la investigación y la capacidad de respuesta ante las catástrofes. Los científicos y expertos nos advierten y alertan, proponen remedios y soluciones, nos hablan de modo racional de lo evitable y de lo inapelable. No siempre les escuchamos ni les proporcionamos recursos suficientes para realizar su labor. Debemos corregirnos.

Dicen que después de una catástrofe llega un momento en que uno se encuentra solo, terriblemente solo, y quizás esa sea la mayor desgracia. Es necesario pues permanecer atentos y unidos. Todo el cariño que les ofrezcamos a los canarios nos ha de reafirmar como lo que somos: seres humanos.

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