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Ánxel Vence.

Nace la jet set del espacio

Ni yate, ni avión privado, ni mansiones repartidas por todo el mundo. Para ser un rico como Dios manda no queda otra que subirse a una nave aeroespacial como la que la pasada semana llevó a cuatro acaudalados viajeros a dar –literalmente– una vuelta alrededor del planeta.

Dieron más de una vuelta, para ser exactos, los pasajeros de SpaceX, empresa del visionario Elon Musk, que lo mismo idea una compañía de transporte espacial que un coche deportivo eléctrico capaz de circular sin conductor.

Los millonarios que el otro día decidieron pillar al vuelo un cohete habrían completado unas cincuenta vueltas a la Tierra durante los tres días que duró su garbeo por el espacio. En esto se conoce que las ciencias han adelantado una barbaridad. Nada que ver con los ochenta días que invirtió Phileas Fogg en dar la vuelta al mundo en la mucho más demorada –si bien fascinante– novela de Julio Verne. Los modernos emprendedores ya no escriben novelas, como se ve. Lo suyo es aplicar al presente ideas que no hace mucho pudieran parecer de ciencia ficción.

Por mera comparación, inspiran cierta ternura los miembros de la llamada jet set que presumían de tomar un avión después de una noche de juerga en París para desayunar en Mónaco o en Londres, pongamos por caso.

Aparte del precio imposible, este turismo espacial del verano es un viaje sin destino

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El deseo de hacer ostentación sigue siendo el mismo; pero ya no hay color entre los vuelos de la arcaica jet del pasado siglo y los viajes estratosféricos que ha empezado a comercializar también el potentado Richard Branson. El propio Branson, que hizo fortuna con los discos y los aviones, se apuntó como pasajero al primer vuelo comercial de su empresa -Virgin Galactic- a comienzos del pasado mes de julio.

Una semana después fue Jeff Bezos, que oficialmente compite con Musk por el título de millonario más millonario del mundo, quien se embarcó en una nave de su propia empresa Blue Origin para abrir la concurrencia en esta nueva carrera espacial.

Lo que en los años sesenta del siglo que hemos dejado atrás era una competición entre superpotencias por demostrar quién tenía el cohete más largo se ha convertido ahora en una competencia de empresas. De hecho, el antes citado Musk contrató ya con la NASA el transporte de mercancías a la Estación Espacial Internacional. Nos van a privatizar hasta las galaxias.

De momento y en un futuro previsible no serán muchos los que puedan viajar en plan astronauta; pero algo parecido ocurría con otros vuelos no tan altos en los comienzos de la aviación comercial. Después vinieron las compañías ‘low cost’ a poner los aviones a precio de autobús. Todo se acaba socializando, afortunadamente.

Aparte del precio imposible, el único inconveniente del turismo espacial que se ha lanzado al vuelo este verano reside en que, de momento, se trata de un viaje sin destino. No se han construido todavía hoteles en el espacio ni aun un simple apeadero en el que hacer un descanso para estirar las piernas. La excursión consiste en dar vueltas y, si acaso, echarle una ojeada a la Tierra desde las alturas.

Nada de eso disuade a los promotores de la naciente jet set del espacio, que aspiran a poblar la galaxia en un futuro más o menos lejano y, mientras tanto, se conforman con engordar su fortuna hasta cifras galácticas. Millonarios que paguen el billete no habrán de faltarles.

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