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Faro de Vigo

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Óscar R. Buznego

La detención de Puigdemont

Las complicaciones del proceso catalán no cesan, contribuyen decisivamente a la parálisis de la política española, que tiene asuntos urgentes que atender, y tampoco se atisba la estabilidad necesaria en un plazo breve. La detención de Puigdemont, mientras se resuelve su intrincada situación judicial, ha despertado a los demonios ya conocidos que se sintieron llamados a una cita por el movimiento independentista. El hecho, recibido con júbilo, ira o simple resignación, esperado antes o después por todos, ha causado revuelo y es seguro que tendrá efectos, aunque sea pronto para saber cuáles. Puede ayudar a clarificar las cosas, el destino del prófugo y la actitud de los partidos implicados de lleno en la cuestión catalana, o generar un desorden institucional mayor.

Desde 2017, la huida de Puigdemont es un problema a la vez judicial y político. La justicia seguirá haciendo sus trámites, de acuerdo con la pauta establecida en el ordenamiento jurídico. Mejor sería que contara con el respeto que se le debe, pero esto parece imposible. El problema político que representa el expresidente de la Generalitat ha sido dejado a un lado, desde luego no ha sido clasificado como prioritario, por el gobierno español y el autonómico de Cataluña. Cabe considerar que iba incluido en el punto referido a la petición de amnistía que Aragonés planteó en su encuentro con Pedro Sánchez. Pero, sin hacer alusión en concreto al caso, ambos pusieron mucho empeño en advertir que el diálogo abierto continuaría “sin pausa, pero sin plazos”, lo que ha levantado suspicacias en los partidos adversarios y en la opinión pública sobre las verdaderas intenciones del PSOE y de ERC.

Conviene recordar que en el discurso que pronunció Pedro Sánchez para convertirse en presidente del Gobierno, en 2018, su primer compromiso fue, frente a la pasividad que mostraba el ejecutivo del PP, buscar un acuerdo sobre el problema catalán. Que ahora confiese no tener prisa y el diálogo esté atascado en el mismo punto donde lo ha estado desde el principio, en el derecho de autodeterminación, es interpretado con buena lógica por un amplio sector de la prensa, por Junts y otros partidos, como una maniobra consistente en utilizar la negociación abierta como un señuelo para en realidad adormecer al independentismo y, entretanto, fraguar una alianza política duradera entre los partidos de la izquierda española y la catalana.

Las decisiones judiciales que se tomen estos días en relación con Puigdemont podrían acelerar el ritmo de los acontecimientos. Permitirán una toma de temperatura al estado en que se encuentra a día de hoy el llamado proceso catalán. Veremos un crecimiento, quizá momentáneo, del liderazgo en la distancia de Puigdemont entre los independentistas y, al mismo tiempo, cuál es el grado preciso de aislamiento que le ha deparado una larga ausencia de Cataluña. La detención pone en un trance especialmente difícil a ERC y somete al gobierno catalán a una dura prueba de unidad, cuando las diferencias y la desconfianza son más que evidentes. Y es probable que la adhesión a la idea de un estado soberano propio no varíe entre los catalanes, pero revelará su disposición a movilizarse por la causa después de todos los avatares del movimiento independentista en la pasada década. Para España, el problema de Cataluña es inversamente proporcional a la fuerza del nacionalismo catalán.

Por último, la detención de Puigdemont brinda al PSOE la oportunidad de definir mejor su posición política en este asunto, que viene siendo poco clara en algún extremo. Las primeras declaraciones de dirigentes políticos han puesto de manifiesto una vez más discrepancias notables entre los partidos de la coalición, que con frecuencia vuelven inoperante al gobierno. Pedro Sánchez ha mareado la perdiz catalana estos tres años para repetir en sus apariciones más recientes lo que decía Rajoy hasta con idénticas palabras. Una acción de gobierno basada en acuerdos y buenas políticas, en lo que no acabamos de centrarnos, es la forma más eficaz de desactivar al independentismo catalán. Y la ocasión para hacerlo está a la vuelta de cualquier esquina. Pero la culminación de esta compleja legislatura, y quién sabe si la suerte de la siguiente, depende de Esquerra, que tiene su particular problema en Junts, como el PSOE lo tiene en el PP. La detención de Puigdemont puede ser un accidente leve o un punto de inflexión en la política española.

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