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Javier Sánchez de Dios.

Crónica Política

Javier Sánchez de Dios

El colmo

A la espera de conocer la reacción oficial de la Xunta, y desde luego la de la oposición, tras la decisión del Gobierno del señor Sánchez de amenazar con los tribunales la ley gallega de tierras, no parece exagerado repetir lo que dicen algunos cuando su paciencia se agota: “es el colmo”. Y lo es: que este esperpéntico grupo de ministros judicialice otra vez –hace muy poco fue la Lei de Saúde– para obligar al Ejecutivo gallego a corregir la aplicación de sus competencias en asuntos clave debería ser motivo para que las “fuerzas dormidas” –por llamarlas de algún modo, porque desde luego no dan señales de vida– despierten de una vez y reaccionen.

Es muy probable que desde el servilismo rampante que, de forma inexplicable, algunos sectores de la antes conocida como gauche divine y que ahora es apenas un coro que repite las consignas de obligado cumplimiento, justifiquen al Gobierno. Quizá aleguen como excusa –falsa– de la actitud de Moncloa el “respeto a las normas” o nieguen una invasión de competencias que corresponden a la comunidad gallega, pero es un argumentario demasiado débil hasta para quienes, como la coalición, hacen lo que les conviene diga lo que diga la ley. Y, mientras, predica pero solo practica con algunos el “diálogo”.

Desde una opinión personal que no pretende fijarse en más aspectos que el del evidente maltrato –algunos hablarían hasta de “fobia”– que se le da a esta autonomía, parece obligado poner pie en pared y denunciarlo con la mayor rotundidad posible. Porque el perjuicio no es solo para sus competencias –y se habla de Institución y de Estatuto, que son palabras mayores– sino a Galicia entera además de a su Gobierno democrático. Que, por cierto, recoge un apoyo electoral de la población que para sí quisieran don Pedro Sánchez y sus corifeos.

Aparte la respuesta que sin duda darán los doctores de que dispone la iglesia autonómica de este antiguo Reino, podría rescatarse con mucha razón aquello del “basta ya” que movió a una nación entera. En esta ocasión para exigir, por ejemplo, que se permita a Galicia intentar a su manera –dentro de la Constitución, no como otros– resolver problemas. Y, en concreto, los de la parte más débil y amenazada, como es el rural, no ya ante la crisis económica que llega, sino a otra peor –la demográfica– que se aproxima, mientras Moncloa no mueve un dedo para atajarla.

Sería fácil replicar que el Noroeste ha sido minusvalorado, por utilizar un término suave, desde casi todos los gobiernos que al menos en el último siglo han sido. Pero a la vez, resultaría muy difícil mencionar alguno que, en menos tiempo que este de la coalición PSOE/Podemos, haya logrado defraudar a tantos de sus habitantes. Y eso se ha notado en las urnas autonómicas y en las generales, sobre todo en las repetidas, cuando ya la gente del común empezó a percatarse de con quién se juega los cuartos. Y las encuestas –con excepción de las del CIS, que desde que lo dirige Tezanos parece el boletín oficial de Moncloa– anuncian hoy por hoy, el fin del cuento sanchista. Pero, por desgracia, habrá que esperar dos años y un río de decretos propagandísticos, como las veces anteriores. El problema está en resolver el enigma del orador romano que preguntaba hasta cuándo abusaría un demagogo de la paciencia colectiva. O sea, “¿quoque tandem, Pedro, abutere patientia nostra…?”

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