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Javier Sánchez de Dios.

Crónica Política

Javier Sánchez de Dios

La tentación

Es posible que la “cuestión eléctrica” sea, para parte de la industria gallega, uno de sus mayores desafíos y que, en este momento, haya quien lo sitúe en el primer lugar, pero no pocos especialistas ponen en cuestión ese ranking. Y entre sus motivos destaca uno: el sector gallego empequeñece desde hace años y si aún no ha desaparecido en términos estratégicos es porque firmas nacionales e internacionales apostaron por este país y colaboraron –algunas…– tanto como el que más en un desarrollo tecnológico inimaginable en la primera mitad del siglo pasado. Pero al impulso generado le faltaron respuesta oficial y control y fue perdiendo fuerza. Hasta ahora mismo, más lo que vendrá.

Por supuesto las coyunturas, como esta de los precios de la energía, han influido, al igual que el aislamiento y, aunque suene paradójico, también algunas de las condiciones que se impusieron a España para entrar en la CEE, ahora Unión Europea. Pero desde una opinión personal, procede insistir en que la razón básica de lo que hoy sucede es el escaso entusiasmo en la apuesta por el I+D en Galicia. Y como daño colateral, la progresiva dependencia de puntos de decisión demasiado lejanos. Pasó en sectores como el transformador pesquero o lácteo, y ahora ocurre con el de la construcción naval privada –y otros–, tras la gran crisis de la pública.

Esa puede ser la razón de otro riesgo que aparece en el horizonte: que, a la hora de la verdad, que será la decisión acerca del reparto de los fondos europeos, Galicia vea rechazados algunos de sus proyectos, como acaba de advertir este periódico. Un riesgo al que debe añadirse la poca disposición –o quizá el poco margen que deje esa actitud– del Gobierno central, cuya mirada está puesta en otras latitudes por una razón básicamente parlamentaria; es decir, por dar preferencia a quienes sostienen en las Cortes a la muy deteriorada coalición de PSOE y Podemos. Y el dinero europeo servirá como fármaco, al menos de momento.

Frente a quienes lo dudaban, e incluso a los que siguen creyendo que tarde o temprano esa sociedad se disolverá, el punto de vista de otros es del todo opuesto. Por un motivo sobre todos: creen que a esos socios les conviene este gobierno para obtener de él todo o gran parte de lo que buscan. Y a los inquilinos de la Moncloa darle el máximo posible para seguir siéndolo; es así de simple pero a la vez penoso, y el modo de actuar de don Pedro Sánchez que, aparte del dinero de Bruselas, cuenta como elemento de convicción con otra palanca que mueve voluntades: los presupuestos generales del Estado para el próximo año. Y como reserva, por si acaso, la reforma del sistema de financiación autonómica.

Todo ello suma un conjunto de desafíos para Galicia que van a suponer problemas añadidos a los que ya existen y que, además de las medidas de política económica y financiera, exigirán otras, informativas por ejemplo, para que la sociedad gallega sepa con exactitud qué pasa y por qué. Y, además, se hará indispensable una reflexión más profunda de las ya realizadas, habrá de fijarse en un riesgo naciente: abordar obras públicas “ordinarias”, como arreglo o construcción de vías urbamas o reparación de redes de abastecimiento con cargo a los fondos Next Generation. Que no están previstos para eso y utilizarlos podría suponer consecuencias muy negativas. Algunos tendrán que resistir esa tentación, dado que es contagiosa y quizá desemboque en daños muy graves.

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