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Faro de Vigo

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Libertad, ¡cuánta sumisión se predica en tu nombre!

Últimamente no dejamos de oír por todas partes clamar por la libertad. Frente a las restricciones impuestas por la pandemia, algunos gritan ¡libertad! Que si se regulan precios o interviene en algo el mercado, ¡libertad! A primera vista parece indudable que cuanto menos regulación e intervenciones, más podrá hacer cada uno lo que quiera.

Libertad, ¡cuánta sumisión se predica en tu nombre!

Sin embargo, esto de la libertad es menos simple de lo que parece como atestigua la larga reflexión que ha generado a lo largo de la historia. Si por libertad se entiende lo que acostumbra a proponer el pensamiento liberal, a saber, que libertad se da cuando no hay interferencia alguna a nuestra acción voluntaria. Entonces, con cada ley, con cada regla o norma, que suponen siempre prohibiciones o limitaciones, la libertad en la misma medida quedaría restringida. Eso es lo que le llevaba a decir a Hobbes que bajo la ley no había diferencia entre la republicana ciudad de Luca y la despótica Constantinopla, todos tienen la acción restringida.

Pero esto resulta demasiado grueso, pues ahí no se cuestiona si la interferencia es arbitraria, porque es impuesta autoritariamente o no está justificada; no se pregunta por si cumple los dos rasgos de democracia y razonabilidad. Razonemos sobre la base de que se cumple el primer supuesto, que las normas o medidas sean democráticas, es decir, de algún modo podamos decir que nos las hemos dado nosotros, por lo que podemos decir que somos autónomos (Rousseau, Kant). Parece que, por ejemplo, cuando se limita nuestra acción a conducir por la derecha tal interferencia de nuestras posibilidades de acción es razonable. El liberal contestaría que sí que es razonable, pero que usted es menos libre, y lo mismo diría respecto de las restricciones por la pandemia, de las intervenciones económicas, etc. Nos diría que no debemos confundir libertad con otros valores que pueden sernos igualmente deseables, como por ejemplo la seguridad, la salud, la igualdad... Y que en función de ellos limitamos razonablemente, pero limitamos al fin, nuestra libertad.

Si por no limitar mi libertad de conducir por cualquier mano o por no aceptar tal o cual restricción sanitaria me veo obligado a ser hospitalizado y en el límite no sobrevivo, ¿de qué libertad podría hablar?

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Pero también podríamos pensar, que cuando tratamos de garantizarnos cierta seguridad, salud y equidad, con ello también nos aseguramos el mantener las condiciones de la libertad, pues si por no limitar mi libertad de conducir por cualquier mano o por no aceptar tal o cual restricción sanitaria me veo obligado a ser hospitalizado y en el límite no sobrevivo, ¿de qué libertad podría hablar? De manera que aquella separación entre unos valores (seguridad, salud...) y otros (libertad) no es tan clara como parecía, y si solo veo en la norma la restricción y no lo que posibilita en una perspectiva más amplia, estoy simplificando abusivamente el problema. No me estaría apercibiendo de que una limitación puede ser posibilitadora, que si restrinjo mis posibilidades de ir por donde quiera garantizo mejor mi libertad de desplazarme a un punto, pues de otra manera puede que quedáramos todos atascados sin poder desplazarnos. Y además no estoy considerando que aun no teniendo de facto una interferencia real a mi libertad, podría no ser libre, pues, siempre que alguien tuviese la potencia de interferirnos aun cuando no lo hiciera nosotros estaríamos dependiendo de ese poder, no seríamos pues libres, como no lo es un esclavo que dependiendo de su benéfico amo, este apenas interfiere, y le permite esto y aquello, pero él sabe que en cualquier momento todo le puede ser negado. ¿No ha consistido tantas veces en eso la “libertad” de muchas mujeres en el matrimonio, o del trabajador en la empresa, o en fin del sin recursos ante cualquier sujeto con cierto poder? A esto apunta la concepción republicana de la libertad como no dominación. La cosa, como vemos, es algo más complicada. No solo debo saber si la interferencia es arbitraria o no, sino si hay interferencias potenciales (Pocock, Pettit, Skinner).

Todo esto supone, por lo demás, que no puedo considerar mi libertad con independencia de los otros. Cuando hablamos de libertad, a menudo damos por supuesto el añadido de “para todos”. Y pensamos bien, pues si no incluimos esa universalidad, esto es, la igualdad fundamental al respecto, la libertad de unos podría significar la restricción para otros. Si permitimos a algunos el privilegio de que circulen por la mano que quieran, los demás nos veremos obligados en más de una ocasión a tenernos que desviar de la nuestra, de la misma manera, si concedemos a alguno la libertad de, siendo portador de un germen letal, circular por donde desee, los demás nos veremos obligados a evitar ir por donde él va (cuanto menos tengan unos respecto de otros, más posible es que se den situaciones de dominación), etc. En consecuencia la libertad es co-libertad, y supone universalidad e igualdad en lo fundamental.

Y aún hay más. Estamos viendo que la norma es en efecto limitación –y en esto se quedaba el liberal–, pero que es también posibilitación pues al garantizarnos nuestra seguridad, nuestra salud, propicia nuestra capacidad de acción que de otro modo podría verse, esta vez sí, fuertemente restringida o hasta definitivamente anulada. Pero al poner el énfasis en lo que propicia la norma estamos reparando en que la libertad requiere de unas condiciones para ejercerse. Mal puede el enfermo obligado a permanecer en una habitación encerrado, con la mente sedada ejercer posibilidades de acción. Y esto lo podríamos llevar más lejos, sin limitarnos al ámbito de la seguridad y la salud; qué posibilidades de acción tengo si carezco de bienes básicos, si mis capacidades (A. Sen, Nussbaum) están limitadas, no tengo medios materiales, ni cultura; si mi horizonte vital se ha de limitar a la estrechez de las condiciones en que he nacido... ¿puedo entonces decir que soy libre, pues nadie me impide por norma alguna intentar adquirir más bienes, estudiar, desplazarme, etc. y aún lo soy tanto como el que dispone ya de todo eso, pues por un igual ni para él ni para mí existe norma que nos lo impida? Parece que esto contradice nuestra intuición básica de lo que es libertad, y todos concluiríamos que el segundo, porque reúne condiciones o capacidades, tiene más seguridad de no ser dominado y más posibilidades de acción que el primero, que sus opciones no dominadas están reducidas y que en consecuencia el primero tiene claramente restringida su libertad, que está más expuesto al arbitrio de otros y que como aquel enfermo encerrado en su habitación y sedado, que no hay norma que le impida salir, se ve por fuerza postrado.

En efecto, vemos que eso de la libertad no depende de que no haya una norma o medida que interfiera, que la interferencia si es razonable y autónoma lejos de limitar nuestra libertad puede estar favoreciéndola. Que si se orienta a que todos podamos tener condiciones que supongan el sacarnos de aquel encierro y postración, la regulación que interfiere es posibilitadora de nuestra libertad lejos de ser su limitación. Parece, pues, que tenemos que pensarnos algo mejor esto de la libertad, no sea que su malentendimiento coadyuve a nuestra sumisión.

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