Subrayé este párrafo cuando leí ‘Prohibido nacer’, de Trevor Noah: “La gente creía que mi madre estaba loca. Las pistas de hielo, los autocines y las zonas residenciales eran izinzo zabelunguz, cosas de blancos. Casi toda la gente negra había interiorizado la lógica del apartheid y la había hecho suya. ¿Por qué enseñarle cosas de blancos a un niño negro? Los vecinos y los parientes, no dejaban nunca en paz a mi madre.

- ¿Por qué haces todo esto? ¿Por qué le enseñas el mundo si nunca va a salir del gueto?

- Pues porque aunque nunca salga del gueto -decía ella-, al menos sabrá que el gueto no es el mundo. Si solamente consigo eso, ya habré hecho suficiente.”

Y lo recordé y busqué esta semana después de ver la serie de Julie Delpy “Al Borde”. En uno de sus capítulos, una pandilla de chavales de once o doce años hablan sobre la posibilidad de que sus padres se divorcien. Uno de ellos le pregunta al más tímido con cuál de los dos se iría si tuviera que elegir. Con mi padre segurísimo, le contesta gesticulando con los brazos, porque cuando estoy con mi padre el mundo es así ( ) y cuando estoy con mi madre, el mundo es así ( ).

Andaba justo esos días tratando de digerir mi vida ahora, con dos de mis hijos viviendo fuera, y siendo benévola, se me estaba dando regular la digestión. Así que la frasecita del mundo grande me ayudó a preguntarme si mis intentos diarios de hacer un seguimiento de sus vidas por whatsapp (duermes bien, qué comiste, nos echas de menos), no sería hacerles el mundo pequeño, tratando de retenerles en el único que hasta ahora conocían. Y no debía ser muy grande ese mundo conocido, porque uno de ellos me contó esta semana que su profesora de Historia de la Psicología había analizado en clase algunas películas de corte psicológico, y cuando le pregunté cuáles, contestó: no sé mamá, unas muy raras, la mecánica naranja, por ejemplo.

Por eso empecé a pensar en el mundo enorme que realmente deseo para ellos y en las frases de las señoras -porque hay señoras por todas partes- que o bien me instan a ir a clases de bachata, ¡a mí! que no me apuntaba ni a las extraescolares; o me preguntan airadas: qué quieres, ¿tenerles en casa toda la vida? Que siempre me da ganas de contestar: No, señora, yo solo les quiero. Y por fortuna, la razón no es rival para ese sentimiento.