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Carmen Martínez-Fortún

El espectáculo

Una nevada es un espectáculo bello. Así, la entonces ministra de Fomento, Magdalena Álvarez, en una inmensa nevada que colapsó España en 2014, confesaba ingenua e imprudente que, en lugar de prever sus consecuencias, al empezar a nevar se había quedado arrobada. Al menos no la llamó “fiesta de la naturaleza”, como el presidente canario ha descrito la erupción del volcán Cumbre Vieja.

Es cierta y adictiva –por eso proyectaron los románticos en ellas su desesperación o su ansia de aniquilación– la grandeza salvaje de las catástrofes naturales y su oscurísimo poder de atracción. Bellísimas como espectáculos televisivos y cinematográficos la erupción del Krakatoa, que inspiró El grito de Munch, artista con bastante más empatía y sensibilidad que el político socialista, el terremoto de San Francisco, el tsunami de Lo imposible o los seísmos que cambiaron la faz del mundo hace un millón de años, esta sociedad nuestra, formada y deformada por el poder de la imagen, ignora en la práctica que la realidad no es ficción. Devaluadas al nivel de material inventado lo mismo el horror de un niño ahogado en la playa que las inundaciones de cada año, asistimos ahora espantados al espectáculo novedoso de esa inmensa lengua de lava de 600 metros de ancho y 6 de alto que avanza quemando y que llegará al mar entre explosiones y nube tóxica. Pronto olvidaremos el dolor real de esas personas reales que no son Spencer Tracy ni Raquel Welch. Se habrán fundido en informe magma en nuestro inconsciente colectivo con todos los horrores de ficción para contemplar desde el sofá.

"Esta sociedad nuestra, formada y deformada por el poder de la imagen, ignora en la práctica que la realidad no es ficción"

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Por eso el dolor se frivoliza y se oculta tras el reclamo. No me imagino a la ministra Maroto, ingenua e imprudente al exaltar los beneficios turísticos de la catástrofe, contemplando la lava con entusiasmo como Nerón en Roma. Simplemente es una víctima más de nuestro tiempo frívolo y deshumanizado. Imprudente, ignorante e inoportuna, como el presidente canario. Eso sí, con más culpa, pues sus cargos les exigen responsabilidad y sabiduría de palabra y de obra. Pero estoy, sin duda, pidiendo demasiado.

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