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La llamada “cultura de la cancelación”, promovida, cómo no, en las redes sociales, tiene como objeto el denunciar y reducir al silencio a toda aquella persona que, a juicio de los cancelantes, haya mantenido actitudes racistas, homófobas o machistas. El éxito de la iniciativa ha sido tan grande que la cancelación –por no llamarla censura, como se hacía antes– ha alcanzado a los personajes de los tebeos al estilo de Tintín y la pareja de Astérix y Obélix. Acabo de enterarme que hace el Consejo Escolar Católico Providence (las mayúsculas son de origen), una institución en la que se encuentran escuelas conservadoras de habla francesa de Ontario (Canadá), procedió hace dos años a expurgar las bibliotecas a las que tuvo acceso requisando cerca de 5.000 ejemplares de los tebeos indicados antes además de los de Pocahontas y Lucky Luke, integrantes todos ellos de la lista negra del Consejo de marras por sus posturas racistas, machistas y homófobas. Los libros acabaron en la hoguera.

Un episodio que comienza en la censura y termina –de momento– quemando libros es cualquier cosa salvo novedoso. Todas las inquisiciones que han existido a lo largo del tiempo han demostrado una querencia similar al señalamiento y combustión de los herejes. A falta de ellos –si es que faltan–, se queman sus obras. La cultura de la cancelación se une, pues, a la larga cadena de autos de fe que tienen como ejemplo mejor del pasado siglo las hogueras montadas por los nazis.

No entiendo demasiado bien cómo se le puede llamar cultura a la de la cancelación, salvo que nos aferremos al concepto antropológico del término. Pero al margen de cómo lo llamemos, lo más interesante de la cancelación es el empeño de reescribir la Historia ajustando su contenido a los deseos censores. Dejando de lado que tebeos como los de Astérix de quien se ríen es de nuestra cultura actual y no de los indígenas americanos o de los británicos, pongamos por caso, lo que ahora nos resulta racista puede que fuese en tiempos pasados la guía de pensamiento común. Recuerdo que en una ocasión, con motivo del estreno de la película, un periodista me preguntó si “El mercader de Venecia” de Shakespeare podía considerarse una obra antijudía. Me limité a sugerirle que la leyese.

Si tenemos que expulsar de la Historia a Shakespeare, Hernán Cortés y Cristóbal Colón me temo que deberemos incluir en la lista negra a la filosofía griega clásica, propia de unos tiempos en los que las mujeres no formaban parte de la ciudadanía y los extranjeros o los esclavos, tampoco. A poco que rasquemos, los tiempos históricos deberán ser todos ellos borrados para volver a empezar ahora mismo. Con la certeza de que nuestros libros y nuestras ideas –a las de los inquisidores actuales me refiero– terminarán también en la hoguera. La cancelación no tiene final posible salvo ese.

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