Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Ceferino de Blas.

Reubicar a Manuel Castro

El estropicio ocasionado por el enésimo atentado contra la estatua de Manuel Castro, el vendedor de periódicos, ha hecho retirar la escultura para su rehabilitación y la calle Príncipe sin ella se encuentra un poco desnuda.

Los miles de turistas, nacionales en su mayoría, que han pasado este verano por allí no han podido fotografiarse a su vera y repetir lo que han hecho multitud de precedentes hasta ahora. Es la estatua más fotografiada de Vigo. Aunque los forasteros se retratan sin saber muy bien porqué está ahí esa figura de un vendedor de periódicos ocupando ese espacio de preferencia.

Obviamente no saben quién era Manuel Castro ni de sus habilidades con los periódicos y, mucho menos, lo que la estatua simboliza: que Vigo es la ciudad de la prensa y que representa el periodismo,

Hoy en día pronunciar la palabra periodismo es someterla a los interrogantes que lo cercan, comenzando por su significado, ya que se utiliza para dar respuesta a las múltiples funciones de todo lo que se interpreta como comunicación.

El periodismo que representa la estatua es el auténtico, el periodismo, periodismo, que se basa en la noticia objetiva, contrastada y expuesta sin connotaciones ideológicas. La noticia que responde a las seis “W” de los americanos, que en español son: qué, quién, cómo, cuándo, dónde y por qué.

Pero desde que por las redes, con los móviles y demás tecnologías se pueden emitir mensajes –y Mc Luhan dijo que el medio es el mensaje, aunque tendría que volver ahora para matizar su opinión–, todo el mundo ejerce de periodista. La confusión se multiplica cuando se incorporan a los medios clásicos personas ajenas, que inmediatamente se arrogan el oficio. Por eso se califica de periodistas a los que participan en las tertulias, en los realities y a los llamados influencers, es decir, a cantidad de políticos jubilados o en fase de expectativa, que llenan los programas de tertulias, a los famosos o pseudofamosos de los espacios de entretenimiento que tienen pendientes de lo que dicen a grandes audiencias y a los influyentes, de los que las mediciones aseguran que son seguidos por centenares de miles de devotos.

Aunque sean los de menor capacidad crítica, demasiada audiencia los considera periodistas, y lo que dicen una suerte de periodismo, cuando no lo es.

¿Cómo va a ser periodista Pablo Iglesias, por mucho que se trasvesta en opinante? El y cuantos integran esas tertulias, de unos y otros partidos, son lo que fueron, y por eso los invitan los productores para que sigan defendiendo lo que antes decían en hemiciclos y mítines y ahora trasladan a los programas de radio, televisión o a las redes. Son partidistas, y complacerán a los que comparten su sintonía y molestarán a los contrarios, que de eso se trata.

Hoy en día pronunciar la palabra periodismo es someterla a los interrogantes que lo cercan

decoration

¿Cómo van a ser periodistas los famosos o pseudos que van a montar un follón, y cuando más grotesca resulte la ocurrencia de turno en los realities, mejor? ¿O los influencers, que tienen que inventarse algo que llame la atención e impacte a sus seguidores, cuando quieren lanzar algún mensaje y ser creídos?

Eso no es periodismo es el circo. Es tan antiguo como el pan y circo de los antiguos romanos, vestido en un ropaje contemporáneo. Son modos de tener entretenido al personal con la pseudocreencia de que cuestiones que detonan o desasosiegan son verdad, cuando son ficciones buscadas para atraer audiencias, envueltas en papel de regalo malo.

Por eso, aunque se aleje de la espectacularidad –la realidad no tiene porqué serlo–, el auténtico periodismo es el que informa a la gente de lo que ocurre, les cuenta noticias que les aportan el conocimiento verdadero de lo que está pasando. El periodismo es el principio de identidad: es lo que es. Lo otro no es necesariamente el principio de contradicción, pero tampoco se sabe muy bien lo que es.

El periodista tiene como divisa la veracidad, la objetividad de la noticia que transmite, y para conseguirla debe emplear tiempo y esfuerzo, y hasta que no la contrasta no la emite. Cuando un profesional se equivoca le corroe porque ha propagado una mentira que le impele a la contrición.

¿Cómo puede calificarse de anécdota un hecho tan grave como la noticia del chico homosexual agredido por una banda que conmocionó al país, y resultó mentira? ¿Cuántos miles de comentarios se emitieron, por supuesto sin contrastar, sobre esa falsedad? Pocos han pedido disculpas, porque en este tipo de comunicación no importa diferenciar la verdad de la mentira. Se pasa página, y a otro tema.

Por eso, para que exista una sociedad sana hacen falta periodistas, no políticos fuera del escenario natural, ni famosos ni influencers que se autoproclamen comunicadores, porque ni lo son ni lo que hacen es periodismo.

Por eso se necesita que se devuelva cuanto antes a la calle del Príncipe la escultura de Manuel Castro, que simboliza el auténtico periodismo. Es el recordatorio de que lo es, y ese es su sitio.

Compartir el artículo

stats