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El Portugués y Casa Moral, en el ciclismo pontevedrés

Ambos establecimientos fueron muy populares antes y después de la Guerra Civil por su apoyo decidido al deporte del pedal (y 3)

“El Portugués” entrega el trofeo Lagoaça al burgalés 
José Luís Fuentes, ganador de su tercera edición en 1971, 
secundado por su hijo Antonio, y por Basilio Couto.  | // FOTO: ARCHIVO FIS

“El Portugués” entrega el trofeo Lagoaça al burgalés José Luís Fuentes, ganador de su tercera edición en 1971, secundado por su hijo Antonio, y por Basilio Couto. | // FOTO: ARCHIVO FIS

La pequeña gran historia del ciclismo en Pontevedra habría sido otra bien distinta, sin duda mucho menos rica, sin el papel jugado por dos establecimientos legendarios que marcaron una época imborrable, antes y después de la Guerra Civil: El Portugués y Casa Moral.

El Portugués y Casa Moral, en el ciclismo pontevedrés

Su decidida implicación, tanto deportiva, como publicitaria y, sobre todo, organizativa, resultó auténticamente providencial. Uno y otro, en abierta pugna comercial, se convirtieron en dos pilares básicos del deporte del pedal en unos años decisivos para impulsar su práctica y hacer afición.

José Días Lagoaça llegó a España a mediados de los años veinte para trabajar como guarnicionero en Compostela; su especialidad eran las capotas para coches. Allí comenzó a practicar el ciclismo y a relacionarse con los corredores más destacados, como el campeonísimo Honorino Méndez.

Su hijo Antonio Días Lema, también doctor en ciclismo, contó que fue el propio Honorino quien convenció a su padre para montar un local especializado en Pontevedra y así nació la Casa Motocyclo hacia 1926.

El primer negocio de El Portugués estuvo ubicado hasta la Guerra Civil en el número 16 de la calle Manuel Quiroga, casi frente al Liceo Casino. Allí empezó como representante de la bicicleta Alcyon, marca francesa prestigiosa por sus triunfos en el Tour de Francia. A aquella bicicleta deportiva sumó pronto la marca inglesa Raleigh, como bicicleta de paseo.

Las competiciones ciclistas en el emblemático circuito de la Alameda cobraron fuerza desde 1925, y dos años después la comisión de Fiestas de la Peregrina organizó una gran carrera como Vuelta al Morrazo, con salida y llegada en la Gran Vía, que mereció la consideración de Campeonato de Galicia. El coruñés Enrique Botana se alzó con el triunfo y revalidó el título ganado el año anterior.

La Casa Motocyclo ejerció como principal sponsor y regaló una de sus mejores y más caras bicicletas Alcyon como primer premio, junto con la banda de campeón. Así comenzó El Portugués a escribir su leyenda en favor del ciclismo pontevedrés, que perduró hasta su muerte.

Precisamente con una bicicleta adquirida en la Casa Motocyclo, empezó a labrarse su prestigio el marinense Manuel Rosales, y con una Alcyon ganó el Campeonato de Galicia de 1928 contra todo pronóstico por delante de los grandes favoritos. Aquel 23 de septiembre nació una estrella sobre dos ruedas, que satisfizo mucho a El Portugués, y que brilló con luz propia durante la primera década prodigiosa del ciclismo gallego, con importantes triunfos.

Retirado ya del ciclismo de competición, Honorino Méndez montó en Santiago un establecimiento de bicicletas -después también de motocicletas-, a partir del cual creó un notable emporio, tanto industrial como comercial, gracias a su capacidad de emprendimiento y a su notable inventiva. Él fabricó sus dos modelos Honor (cromada) y Homen (niquelada), que desde principios de los años treinta vendió en toda Galicia por medio de una red asociada.

José Días Lagoaça se integró en dicha red y la Casa Motocyclo pasó a denominarse Casa Honor, al tiempo que cambió de ubicación a un sitio más céntrico, en el número 9 de la calle García Camba, a la postre su emplazamiento definitivo.

La Casa Honor de Días Lagoaça tuvo una participación destacada en la prueba más importante celebrada en esta capital hasta el estallido de la Guerra Civil: las cien vueltas a la Alameda. La histórica carrera se disputó el 13 de agosto de 1935 y venció el coruñés José Ponte en un apretado sprint con el pontevedrés Enrique Solórzano. El ganador montó una bicicleta Honor; de modo que todo quedó en casa.

Por su parte, Casa Moral se inició en el alquiler y la venta de bicicletas a principios de los años treinta, y aunque siempre se mantuvo en la calle Peregrina, se cambió del número 19 inicial al 32, que fue su ubicación definitiva.

El gran salto comercial de Eduardo Moral se produjo a partir de 1935, cuando consiguió la representación exclusiva de las bicicletas BH. Justamente aquel año, el equipo patrocinado por la empresa vasca obtuvo un resonante triunfo en la Vuelta a España por medio del campeón belga Gustaaf Deloor, quien repitió victoria al año siguiente. Las bicicletas BH ganaron así un enorme prestigio, que en Pontevedra benefició mucho a su representante.

Eduardo Moral jugó un papel destacado en la prueba ciclista Ourense-Pontevedra-Ourense que, a la postre, resultó la última competición importante que vivió en directo esta ciudad antes del cruento golpe militar.

Precisamente él fue la persona con quien primero conectó a tal fin el Club Ciclista Orensano, y de él partió la formación de un comité de apoyo, que integraron personas muy relevantes en los ambientes ciclistas, comerciales y periodísticos: Rafael Picó, presidente de honor; Raimundo Novoa, presidente ejecutivo; Eduardo Moral, tesorero; y Luís Senn, Modesto Bará, Luís Lorente, Calixto Díaz y Eduardo Mato, intervinieron como vocales. El respaldo periodístico llegó por Manuel Cabanillas Pérez y Roberto Blanco Torres. A fin de ambientar la carrera, Casa Moral expuso los trofeos donados para los vencedores.

La prueba se celebró los días 20 y 21 de junio, y contó con la participación de 36 corredores, la flor y la nata del ciclismo gallego. El paso por Pontevedra discurrió por la carretera de Vigo y las calles Peregrina y Michelena, hasta la Alameda. El bravo corredor Marcelino Sánchez, de Cambados, se llevó el gato al agua, seguido de José Varela y Delio Rodríguez.

Después de la Guerra Civil, José Días Lagoaça soltó lastre como Casa Honor y asumió con naturalidad su apodo popular como nombre comercial. “Para bicicletas, El Portugués”, rezó su primer slogan propio en los años cuarenta. Él siguió con su taller de reparación, venta y alquiler de bicicletas hasta su jubilación, y mantuvo la querencia por el ciclismo hasta su muerte. Un trofeo con su nombre le hizo justicia en vida.

Por su parte, Casa Moral continuó patrocinando carreras ciclistas y donando trofeos en toda la provincia. Después cambió la exclusiva de BH por otra de GAC (Gárate, Anitua y Compañía), también vasca. Pero amplió el negocio con las motos y motocicletas Montesa y Mobylette, que vendía a plazos, así como toda clase de equipamientos para otros deportes.

Una y otra compitieron en buena lid durante muchos años, siempre con el ciclismo como bandera en aquel tiempo que hoy parece remoto.

Las primeras carreras femeninas

El gran premio de las cien vueltas a la Alameda en las Fiestas de la Peregrina de 1935 contó aquella tarde con otro aliciente singular, aunque entonces pasó bastante desapercibido: por primera vez se celebró una carrera de chicas en Pontevedra, que consistió en tres vueltas al popular recinto. Ciertamente el evento no tuvo mucha historia si hacemos caso a la prensa de la época, que pasó de puntillas sobre su desarrollo. Solo algún periódico -no todos- reseñó la victoria de la joven Maruja M. de Arbós por delante de Ángeles Quintela, sin aportar ningún otro detalle o comentario al respecto. La siguiente participación femenina en un critérium ciclista llegó de la mano de la Obra Sindical de Educación y Descanso en 1940, un mes después de su puesta en marcha. El 15 de septiembre del citado año, la entidad organizó en la Alameda un critérium ciclista para diversas categorías, que además fue su primera actividad en el ámbito deportivo. Luego siguieron otras muchas y variadas, no solo de carácter deportivo sino también cultural y social. El programa elaborado para aquella jornada festiva se desarrolló en horario de mañana y tarde. Precisamente la carrera de chicas abrió el festival ciclista y consistió en cuatro vueltas a la Alameda, unos tres kilómetros, aproximadamente. Pero al igual que sucedió en la anterior ocasión, tampoco esta vez obtuvo mucha resonancia pública. Elena Sánchez, Herminia Muñiz y Maruja Meléndez, ocuparon los tres primeros puestos y se repartieron los premios establecidos: una figura artística, y sendas cajas de bombones, respectivamente. Educación y Descanso reseñó en aquella ocasión la colaboración recibida por parte de Casa Moral, que luego se repitió en numerosas ocasiones.

El negocio del alquiler de bicicletas

Tanto El Portugués como Moral mantuvieron durante muchos años, antes y después de la Guerra Civil, el negocio del alquiler de bicicletas, que adquirió una enorme popularidad, cuando su compra no estaba al alcance de todos los bolsillos, ni mucho menos. De modo que ese sistema comercial puso el aprendizaje de mantener el equilibrio sobre las dos ruedas al alcance de cualquier rapaz, aunque su paga dominical resultara muy exigua. Eduardo Moral libró en los años treinta su particular lucha contra los amigos de lo ajeno, que alquilaban una bicicleta y luego se esfumaban sin devolverla. Al tratarse de una clientela integrada por chavales de pocos años que empezaban a salir solos, ambos establecimientos tenían que confiar en los nombres y las direcciones que facilitaban, puesto que carecían de documentación oficial. En apariencia, José Días salió mejor parado, porque no trascendieron muchas denuncias suyas. Luego, en los años cuarenta y cincuenta, esa mala praxis disminuyó mucho, porque la amenaza de acabar en el Reformatorio producía escalofríos entre la mocedad pontevedresa. El local de El Portugués en la calle García Camba deslumbraba a los chavales que acudían en peregrinación los fines de semana para formalizar un alquiler. Aquello era como un santuario por las grandes hileras de bicicletas colgadas en dos niveles. La leyenda oral aseguraba que llegó a disponer de un centenar de bicis de alquiler y otro centenar en venta, al mismo tiempo. Aquí valdría aquello de que tú no eres de Pontevedra si no alquilaste nunca una bicicleta o compraste una de segunda mano en El Portugués o Casa Moral, prueba aplicable solo a los chicos -no a las chicas- que hoy son abuelos.

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