En su obra magistral “Castellio contra Calvino” escribió Stefan Zweig: “Para cualquier hombre de pensamiento no deja de haber algo conmovedor en el hecho de que sea siempre una idea, la más inmaterial de las fuerzas que existen sobre la tierra, la que lleve a cabo un milagro de sugestión tan inverosímil en nuestro viejo, sensato y mecanizado mundo”. En ese pasaje, Zweig destaca tres rasgos de las ideas: las califica como las más inmateriales de las fuerzas que existen en la tierra, les asigna hacer posible milagros de sugestión, y considera que pueden llegar a conmover nuestro viejo, sensato y mecanizado mundo. Comparto esta triple visión de las ideas, sobre todo cuando unas ideas junto con otras construyen las ideologías, llegan a integrar las convicciones y nutren las creencias.

Si nos ceñimos al ámbito de la política –que es el único que ahora me interesa–, una buena parte de los ciudadanos conoce los principales problemas que tiene que resolver la humanidad. Los ciudadanos relativamente instruidos saben que sería deseable vivir en paz, que no hubiera hambre, que estuviera asegurada la libertad, que tuviéramos una instrucción suficiente, gozar de un nivel sanitario adecuado, disponer de una justicia rápida y eficaz, tener un trabajo digno y aceptablemente remunerado, y habitar en una vivienda digna, entre otras cosas. Hay, pues, una idea de los principales problemas que tenemos que resolver y lo cierto es que, lejos de habernos despreocupado por su solución, hemos ideado –¡nuevamente las ideas!– una actividad, la “política”, cuyo objetivo esencial consiste justamente en tratar de resolverlos.

Pues bien, las “recetas” para conseguir solucionar de la mejor manera posible dichos problemas conforman las distintas ideologías, que son el “conjunto de ideas fundamentales que caracterizan el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político, etc.” (Acepción 1 RAE).

Ahora bien, aunque la ideología es el conjunto de ideas aplicables en la práctica para resolver los problemas políticos y, en consecuencia, es la principal fuente de energía de la que se nutren los que se dedican a la actividad política, lo cierto es que todos, incluso los menos interesados en la cosa pública, tenemos una ideología política; es decir, poseemos nuestras propias ideas sobre el modo en que deben gestionarse los asuntos generales de los ciudadanos. El ideario de cada uno es como los aluviones de un río: son los sedimentos que ha ido depositando nuestro vivir en sociedad y provienen de una doble fuente, nuestro “yo” y la circunstancia que va determinando nuestra existencia.

La ideología de la mayor parte de la ciudadanía –excluyo ahora a los que se dedican habitualmente a la política– es de brocha gorda: no está perfilada con finos trazos, sino a grandes rasgos. Lo cual es debido a que, durante el procedimiento de formación de su “yo”, tales ciudadanos mostraron desinterés por la política y su circunstancia vital tampoco estuvo en contacto muy estrecho con ella. Me expresaré mejor. La mayoría de los ciudadanos suele tener ideas claras y firmemente asentadas, pero solo con respecto a unas pocas cuestiones esenciales, en las puramente accesorias sus pensamientos son más difusos y cambiantes. Precisamente este “relativismo ideológico” es el que hace posible la alternancia en el poder y, en consecuencia, la imprescindible convivencia democrática.

Pero si lo que antecede es cierto, también es verdad que hay ciudadanos que, lejos de desinteresarse por la política, tienen un grado de interés por ella tan intenso que una parte de sus convicciones vitales está formada por su ideario político. Esto es lo que sucede cuando hay una idea política a la que el ciudadano se adhiere fuertemente. En tales casos, no es extraño que esos ciudadanos den un paso más y que, siguiendo el reguero de sus convicciones, acaben por ingresar en las filas de la organización política que defienda todas o una buena parte de las convicciones que forman su ideario político. Expresado de otro modo: como la ideología de los partidos políticos se forma, en una buena parte, con las ideas fundamentales sobre la manera de resolver los principales problemas que tenemos los ciudadanos, cuanto mayor sea la coincidencia entre la convicción del sujeto y la ideología del partido político en cuestión mayor será la probabilidad de la adhesión de aquél a éste.

El paso siguiente en el razonamiento que vengo desarrollando es relacionar el grado de intensidad con el que prende en uno su ideología con el nivel de apasionamiento con el que está dispuesto a defenderla. Y es en esas circunstancias cuando algunas ideas políticas llegan a convertirse en creencias. Se forma una doctrina que hay que creer en bloque, sin posibles disidencias, y en ese campo de cultivo crecen más los obedientes que los críticos. El debate ideológico se empobrece notablemente, porque no hay pensamientos originales, ni confrontación de ideas, sino defensas cerriles de la doctrina oficial que se expande con las consignas o dogmas que proclaman los dirigentes. Cuando las creencias se extreman hasta el grado de la irracionalidad y el fanatismo, se trata de imponer por la fuerza ese ideario extremo a todos. Se pasa así del ámbito interno del pensamiento al ámbito externo de la utilización de todo tipo de medios, incluidos los físicos, con el fin de vencer su resistencia y es entonces cuando surge la violencia.

Pues bien, cuando se transita del mundo de las ideas al de los hechos físicos violentos, el hombre fanatizado hace uso de su parte más animal para imponerse sobre la libertad –que es la facultad más específica del ser humano– de los que no piensan como él. En este estado de cosas, la regla de juego de las democracias más avanzadas es tolerar a las minorías fanatizadas el empleo de cierto grado de violencia. Lo preocupante de la realidad actual es que la lucha política se ha vuelto tan encarnizada que sobrevuela sobre la ciudadanía una sobredosis de ira.