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Julio Picatoste

Mis “amigos” orientales (I)

A quienes me conocen y saben de mi predilección por las mujeres orientales –principalmente japonesas– les extrañará saber que durante años tuve una especial aprensión contra chinos y japoneses. Es probable que tal recelo fuese debido a unos cuentos orientales leídos en la infancia cuyos personajes practicaban unas sofisticadas torturas. Así que por algún tiempo los chinos convivieron en mi imaginario asociados a la idea de retorcidos tormentos que ellos infligían con especial fruición y pericia.

En el verano de 1964, recién aprobado el Preuniversitario y próximo ya a cumplir los diecisiete años, me había matriculado en un curso de “Estudios Hispanoamericanos” que se impartía durante los meses de agosto y septiembre en la Universidad de Santa María de La Rábida, en las inmediaciones del monasterio del mismo nombre. De aquella hornada rabideña eran –y allí los conocí– Pablo González Mariñas, profesor de Derecho Administrativo en la Universidad de Santiago de Compostela, Luciano Fariña Busto, que fue Conselleiro Maior del Consello de Contas, lamentablemente desaparecido, y Ángel Guerra, hoy afincado en Vigo, renombrado profesor e investigador en el Instituto de Investigaciones Marinas. Con todos ellos, y especialmente con los dos últimos, volví a reencontrarme al cabo de los años en más de una ocasión.

Nos habían convocado en Sevilla para, desde allí, llevarnos en autobús a la sede de la Universidad, que contaba también con alojamiento para los estudiantes. El punto de salida donde nos esperaba el autobús era un pequeño hervidero de estudiantes de varias nacionalidades, europeas e hispanoamericanas. De pronto, lo inesperado. Se destaca entre la aglomeración una cabeza grande, achatada por detrás, de pelo abundante, muy negro, con una caída en paraguas. ¡Un chino! ¡Qué contrariedad! Durante el viaje no le quité ojo de encima; observaba sus gestos, sus miradas, su forma de hablar. Reía todo el tiempo con aquellos dientes poderosos y apiñonados que asomaban entre unos labios de boca pequeña sobre la que lucía un breve y pinturero bigotillo. Pero yo no me fiaba. A saber qué ideas y planes albergaba aquel chino. Solo falta que coincidamos en la misma habitación, pensé. ¡Para qué lo habría dicho! La que me habían asignado estaba al final de un largo pasillo de dormitorios. Cuando entro cargado con mi maleta, allí estaba él deshaciendo la suya. Me saludó con su risa de boca pequeña y ojos en raya; yo le correspondí con mi más hipócrita muestra de contento. Ocupaba también la habitación otro estudiante, andaluz, afanado en colocar sus pertenencias. Ellos ya se habían cogido las camas próximas a la ventana y a mí me quedó la que estaba junto a la puerta; bueno, de momento, y dados mis extravagantes escrúpulos, me pareció un lugar estratégico. Aquella noche me acosté sin descartar la idea de que en plena madrugada podría despertar sobresaltado por el dolor punzante de una docena de finas y largas agujas clavadas en mi cuerpo, y una risita apiñonada sobre mis narices, disfrutando con mi dolor.

Su nombre era Santiago Kuo Gang. Procedía de Formosa y era de religión católica, de ahí su nombre, aunque después de alguna conversación con él llegué a la conclusión de que lo suyo era un catolicismo budista o un budismo cristianizado. Un galimatías que ni él mismo acertaba a explicar con claridad. Era como un heterodoxo doméstico y simpático.

El trato con él echó por tierra todas mis irracionales suspicacias. Era un hombre lleno de bondad, enormemente sensible, generoso, educado y respetuoso en grado sumo. Era, también, un hombre de costumbres singulares. Su pelo negro era tan recio que para peinarse, aun en seco, utilizaba un secador para ablandarlo y así poder dominarlo con el peine. Estudiaba –no sé cómo– Derecho en Valladolid. Debía ser para él un esfuerzo titánico, pues, aunque en lenguaje hablado se desenvolvía regularmente, la expresión escrita la resultaba de una dificultad extrema. Por esa razón no superó el examen final del curso rabideño que la inmensa mayoría habíamos logrado aprobar; sus respuestas eran ininteligibles, dijo el tribunal. Para él aquello supuso una hecatombe personal. Sin querer hablar con nadie, se pasó unos días encerrado en su habitación y no participó de los festejos de fin de curso. Imposible sacarle de aquella clausura. Imposible consolarle. Su gran preocupación, me contaba, era cómo iba a explicar aquel fracaso a su padre; se sentía como un hijo desleal. Su profundo abatimiento era verdaderamente conmovedor.

En la segunda mitad de los noventa –no puedo precisar el año–, merodeaba yo por El Corte Inglés de Princesa, en Madrid, cuando de pronto oigo y reconozco su voz y su peculiar modo de hablar. Le miro y es él. Me coloco a su espalda y pronuncio su nombre en voz alta: Santiago Kuo Gang. Se gira para mirarme. No solo no me reconoce, es que ni siquiera se acordaba de mí; trato de remover sus recuerdos, y los tenía, lógicamente, de los días pasados en La Rábida, pero yo ya no habitaba en su memoria; me había caído de ella, como una hoja marchita. Aquel reencuentro de evocación tan asimétrica me dejó confundido. Me parecía increíble aquella amnesia después de haber convivido en la misma habitación. Al fin me clavaba un fino aguijón en el punto sensible de la autoestima. Tardó más de cuarenta años. Mientras tanto, cómo no, se había montado su propio restaurante en Madrid.

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