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Luis Carlos de la Peña

Ortega

Un pedagogo con capacidad para educar y abrir caminos

Mi generación no ha prestado demasiada atención a Ortega y Gasset. Más alguna de las anteriores, casi ninguna las posteriores. En cualquier caso quienes hemos leído a Ortega, poco o mucho, le debemos el quedar ahormados por él. Nos podemos reconocer en el breve texto de un wasap o en el modo de enjuiciar atendiendo a las circunstancias; una mirada que coloca a la persona en el centro de la reflexión. Nos reconocemos por el lenguaje y por un modo específico de activar la razón en torno a causas y consecuencias. Ortega mantiene su vigencia como recurso en crónicas periodísticas, debates políticos e incluso en la interpretación del arte moderno: una cita de autoridad que no impone dogmas sino que sugiere enfoques, abre perspectivas.

Ahora que se cumplen cien años de sus frutos más conseguidos, de sus textos más cargados de reverberantes ideas y luminosas intuiciones –tengo en mente la España invertebrada (1921) o La deshumanización del arte (1925)–, han coincidido en mis manos dos notables referencias a su obra. La primera, debida a la pluma de Torrente Ballester en un artículo para FARO DE VIGO en 1965, décimo aniversario del fallecimiento del pensador madrileño. En él señala que “la gran virtud del pedagogo Ortega era su capacidad de incitación. Nos obligaba a pensar”. La segunda corresponde a Leonardo Sciascia. En un artículo de 1980, el escritor siciliano recuerda cómo tras la Guerra Civil española encontró en un librero de viejo un tomo con la obra de Ortega editada en 1932: “Dentro de una selva de peligros hemos recogido esta flor”, escribe, citando a Shakespeare. “Todo lo que tocaba su prosa, por oscuro y difícil que fuese, se hacía sencillo y cristalino”, recuerda Sciascia, antes de añadir: “Las obras de Ortega eran para mí como un gran libro de viaje, un viaje extraordinario, venturoso, rico de sorpresas y de revelaciones en las regiones de la inteligencia”. Y concluye: “Ortega me apasiona; ¡me ha enseñado tantas cosas!”.

Es curiosa la coincidencia de ambos, Torrente y Sciascia, en señalar esta capacidad pedagógica, de Ortega, para educar y abrir caminos. Por ello, lejos de incidir en la tópica crítica a la inexistencia de un cuerpo orteguiano de pensamiento sistemático, merece la pena retener la afirmación de Torrente en FARO: “Ortega y Gasset me enseñó dos cosas: a pensar y a escribir”.

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