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Entre las noticias que son reales pero parecen inventadas destaca una en la semana que acabamos de dejar atrás, esa misma en la que han quedado en el olvido catorce siglos en el Afganistán y se ha confirmado que los Estados Unidos no son ya los reyes militares del mundo. Me refiero a la de otra guerra, la desatada por algunos de los museos más importante del mundo contra una plataforma de pornografía en internet, Pornhub, a causa de que esta ofrecía recorridos virtuales por cuadros del Prado, el Metropolitan de Nueva York, la National Gallery de Londres, el Louvre, el d’Orsay y la galería de los Uffizi de Florencia. Se trata en todos los episodios de obras maestras de la historia del arte en las que aparecen, como en tantísimos otros casos, mujeres desnudas.

La noticia precisa que el museo del Prado al menos puso el asunto en manos de sus abogados y envió a Pornhub una carta exigiendo que sus cuadros, entre los que se encuentran Las tres gracias de Rubens y La maja desnuda de Goya, fuesen retirados de la plataforma pornográfica. No hubo respuesta por parte de esta pero, al poco, los cuadros del Prado, con los del Louvre y los Uffizi, fueron eliminados. No se sabe por qué los de los otros tres museos, no.

El asunto va mucho más allá de la anécdota, porque pone de nuevo sobre la mesa las dificultades para establecer una frontera precisa entre arte y pornografía. No digamos ya en el cine. Si en tiempos de la dictadura franquista eran muchos los españoles que viajaban a Perpignan para poder ver El último tango en París de Bertolucci, las razones de quienes iban allí llevaban desde la pasión por el cine al interés por ver sexo anal en la pantalla. Pero el asunto se ha complicado hasta la saciedad en los tiempos de las imágenes susceptibles de ser modificadas de manera digital. Hoy día es posible rodar una escena pornográfica y poner luego en la cara a los protagonistas la de actores de fama. Como sucede en tales páginas de internet, son las mujeres las sometidas a un mayor abuso y una de ellas, la actriz Scarlett Johansson, se sinceraba hace poco en una entrevista confesando que estaba resignada a que sucediese eso, el verse como protagonista de una escena de sexo explícito que nunca había rodado, y sin poder hacer nada por añadidura para evitarlo.

Aunque el problema afecta también a los políticos –vídeos de Trump con la cara de Nick Cage, o del Obama real diciendo cosas que jamás dijo– estábamos en la cuestión de la pornografía. A lo mejor, como en casi cualquier otra cuestión del arte, el problema está en la mente del observador. Es posible contemplar a la duquesa de Alba desnuda, retratada por Goya, y ver lo que se quiera: desde una obra maestra a la oportunidad mejor para la excitación sexual.

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